Un ejemplo, una enseñanza

angola1Hace 30 años, combatientes cubanos y angolanos, escribieron con sangre y sacrificio, una de las páginas más heroicas de la historia reciente. Ellos respondieron con firmeza a la carta enviada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Sobre aquella batalla, el General de Ejército Raúl Castro Ruz, dejó asentado en el libro Cangamba, de Jorge Martín Blandino, sus reflexiones, de las cuales Granma reproduce algunos fragmentos (Tomado de Granma)
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En la guerra no siempre ocurre lo que uno espera y así sucedió el 2 de agosto de 1983, con el ataque enemigo a Cangamba. Se trata de un pequeño poblado situado a gran distancia de la región objeto de las agresiones del ejército sudafricano y donde estaban desplegadas las tropas internacionalistas cubanas, pues la razón de su presencia era precisamente impedir una invasión militar extranjera.

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El enemigo logró inicialmente algo muy importante: la sorpresa. Por otra parte, sus tropas estaban envalentonadas por la superioridad que les concedía el contundente apoyo material y organizativo del régimen racista. Sin embargo, no pudieron transformar esa situación favorable en victoria. Lo impidió la heroica resistencia de los combatientes cubanos y angolanos, que defendieron con uñas y dientes, durante siete días, una posición que, en varias jornadas, quedó reducida a las proporciones de un campo de fútbol, prácticamente sin agua, medicinas y alimentos.

Resultó decisiva también la valerosa y ejemplar actuación de los pilotos internacionalistas de la aviación de combate —que causaron el grueso de las bajas al enemigo— quienes, junto a los de la aviación de transporte y de los helicópteros, lo arriesgaron todo por salvar a sus compañeros cercados.

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Además del merecido homenaje al extraordinario mérito de los veteranos de Cangamba, es de inapreciable valor su ejemplo de cumplimiento cabal del deber. (… )

La rendición, la derrota o la posibilidad de caer prisionero no pasaron por la mente de ninguno de ellos. Fue firme la decisión de enfrentar al enemigo hasta las últimas consecuencias, sin pensar en su número o en el mejor armamento de que disponía.

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Aquella compleja operación militar no tuvo en ningún momento el propósito de conservar el control sobre un remoto poblado, carente de valor estratégico. Simplemente fuimos consecuentes con un principio: la Revolución no abandona a uno solo de sus hijos.

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Recuerdo aquel primer momento de sosiego, cuando el 10 de agosto se confirmó la retirada del enemigo. Esa tarde, en mi despacho del MINFAR, convertido en puesto de mando por el Comandante en Jefe durante toda la operación, le pregunté si recordaba en nuestras vidas de revolucionarios una semana de tan expectante y dramática tensión, y él coincidió en que no venía a su memoria otra así.

Quizás pueda parecer una afirmación más simbólica que objetiva, motivada por la cercanía del hecho, sobre todo, por tratarse del protagonista principal de tantas grandes y pequeñas batallas. Pero hay una diferencia esencial, en la mayoría de ellas compartimos los riesgos. En esta ocasión nos agobió con particular fuerza encontrarnos a diez mil kilómetros de esos más de cien compatriotas en peligro inminente de muerte.

Sé que cada revolucionario cubano me comprende. Todos nos hemos formado en la misma escuela de valor y sacrificio de Fidel y nos esforzamos por actuar en consecuencia. Cangamba, una vez más, lo demostró con creces.

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