Riquezas que no se tocan con las manos

MultiRacialHands-1024x1023Escrito por Pedro Pablo Sáez

La generosidad y la solidaridad humana se incluyen entre las manifestaciones más bellas y estimulantes de cuantas se pueden practicar en todo el planeta.

Frente al egoísmo y el culto excesivo a la acumulación de riquezas que preconizan las sociedades de consumo, esas cualidades se convierten en fuentes de satisfacción espiritual, puentes de amor entre los seres humanos y fórmula insustituible para lograr ese mundo mejor donde todos tengan derecho a una vida sana, plena y más segura.

Ser generoso y solidario es, fundamentalmente compartir lo que se tiene, sea mucho o poco, con el corazón y la buena voluntad como impulsores de ese gesto. Dar de lo que sobra no será nunca un verdadero acto de desprendimiento sincero ni de fraternidad impoluta.

Algunos quizá se pregunten entonces ¿cómo saber si somos realmente generosos y solidarios? La respuesta es preciso buscarla en el fondo del alma y a la altura de esas virtudes latentes que cada ser humano lleva dentro de sí, y que se forjan desde la cuna, en la familia, en el actuar ejemplarizante de padres que valoran la importancia del ser sobre la vanidad del tener.

Se es solidario y altruista cuando somos capaces de estremecernos hasta el llanto por el dolor ajeno, cuando sentimos la necesidad del vecino como carencia propia; lo somos más, en la medida en que damos hasta la sangre para mejorar la calidad de vida de cualquier hombre o mujer sin esperar reconocimientos y ni recompensas humanas ni divinas.

Si se quieren verdaderos ejemplos de generosidad y desprendimiento habría que hablar de la Cuba revolucionaria, de Fidel, de Fran País, de Abel, del Che, de Camilo, de los internacionalistas que pelearon y murieron en tierras de África, de nuestros Cinco Héroes y de los médicos y maestros que salieron y salen de aquí para llevar el pan de la enseñanza y el derecho a la vida hasta cualquier rincón del mundo donde se les necesite.

No pretendemos sancionar a quienes decidan rendirse y sucumbir frente al altar del dinero, el individualismo y la ambición. Solo recordarles que somos mortales todos, y que las mayores riquezas no se tocan con las manos ni se compran con billetes de banco.

Que hablen por nosotros la felicidad, la salud, el amor, la amistad, la gratitud y el respeto, y que hablen también los millones de personas que en nuestro planeta defienden a esta isla pobre, pequeña y rebelde, mientras desprecian y condenan el actuar de un gigante bruñido y todopoderoso como los Estados Unidos y a su gobierno materialista y miserable.

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