Como si fuéramos a elevarnos juntos

mathewBARACOA, Guantánamo, 12 nov. – Hay una valla con un jardincito y una casa detrás.

Casa pequeña.

Cuarto, cocina y baño son de placa y mampostería.

El resto de la casa está construido con trozos de zinc.

El día 4 de octubre las paredes de esta casa pequeña toleran la embestida de los vientos del huracán Matthew. Se tambalean. No se doblan. Adentro, Ariosqui marca los números que hacen que se escuche Radio Reloj desde el aparato telefónico. Repite en alta voz lo que le informan desde el auricular. Afuera, viento. Adentro todo el mundo hace silencio para escuchar a Ariosqui. Adentro, miedo. Porque afuera traquean las bisagras. Porque traquean las tejas del techo. Porque hay niños adentro, y gente enferma, y poca comida. Y porque afuera Matthew está haciendo malabares con Guantánamo.

Entre el cuarto, la cocina y el baño de esta casa pequeña que resiste hay 47 personas,  pensando en lo que pueda pasar…

—Nadie dijo que mi casa fuera un punto de evacuación. Ni ahora, ni en el ciclón pasado (Sandy, 2012). Lo que pasa es que aquí todo el mundo es como familia… Eso siempre ha sido así.
Ariosqui Disotuar Lobaina, acogió en su casa a 47 personas de la zona durante el paso de Matthew.

Converso con Ariosqui a las afueras de La Fidelina, un bodegón de tabla con techo bueno en el barrio Los Hoyos, en Sabanilla, Baracoa, Guantánamo, mientras un grupo de hombres descarga de la cama de una rastra varias planchas de zinc. Las organizan unas sobre las otras en el suelo, a tres o cuatro metros de la puerta del bodegón. A las seis de la tarde. Junto a una hilera infinita de gentes que esperan a un costado de la rastra.

—Hay distintos puntos de distribución de materiales. Entonces, para hacerle más fácil a uno las cosas, los sitúan… Por ejemplo, a la gente de Los Hoyos se lo situaron en esta bodega. A los de Sabanilla en Sabanilla, a los de La Poa en La Poa. Y así… Para que uno no tenga que ir hasta zonas distantes a buscar los materiales.

Ariosqui Disotuar Lobaina lleva un año entero inhabilitado. Tiene 37. Los médicos de Santiago de Cuba le detectaron retinopatía diabética, esto es, ve plomizo. Dice que menos del 50 % de lo que veo yo. Que no resuelve con espejuelos. Que en Santiago de Cuba trataron de operarlo, pero nada. Que cobra mensualmente 305 pesos de chequera. Y que había trabajado 12 años como gastronómico en un establecimiento estatal.

—El ciclón me levantó cuatro tejas de la parte de al frente de la casa. No hubo ningún problema porque nosotros estábamos atrás, y habíamos llevado el televisor y el frío para allá atrás también. Ahora estoy esperando a que me den las tejas para llevármelas.

«Al otro día del ciclón pasó una comisión del CDR viendo los daños, y más o menos como a la semana empezaron a ubicar los materiales por zona. Fuimos anotándonos en una lista, y ahora todo el mundo está esperando el turno. El que le toque, compra».

—¿Y mientras tanto?

—Con las tejas viejas que se partieron más o menos acomodamos el techo, y ya. Mi papá, yo, y dos vecinos que son carpinteros.

***
Ariel Estevez Crespo, presidente del consejo de defensa de la zona de Sabanilla.

Sobre las 8:30 de la noche llegamos a la casa de Ariel Estévez Crespo. Él es el delegado de Los Hoyos. Y es, además, el presidente del Consejo de Defensa de Zona de Sa­banilla.

—¿Cómo es el proceso de distribución de los materiales?

—Diariamente están llegando tejas: 1 200, 1 300 de fibro (fibrocemento), y 360… has­­ta 720 de zinc. La distribución se hace por circunscripción. El Consejo planifica para cubrir la zona completa. Nuestra política es dar 19 tejas de fibro o nueve tejas de zinc en la primera vuelta, para ir sobrellevando la situación. En la segunda vuelta, debemos completar a cada casa la cantidad de tejas que le faltan, según los daños. La primera vuelta se debe terminar esta semana.

Ocho circunscripciones componen el Consejo de Defensa de Sabanilla: La Poa, Los Hoyos, Sabanilla, El Guayabo, Paso de Cuba, Palma Clara, San Germán y El Frijol.
Son más de 4 200 personas concentradas en 37 comunidades.

—En Sabanilla tenemos 2 063 afectaciones por el ciclón, solamente en viviendas.
Total de viviendas de Sabanilla: 2 184.

—Matthew dejó 156 destrucciones totales de viviendas; 585 destrucciones totales de techos; 386 afectaciones parciales de vi­viendas y 936 afectaciones parciales de te­chos

—explica Estévez Crespo—. Son cifras bastante voluminosas. Y más para un Consejo Popular que, por sus características, tiene muy pocas casas que pueden servir como centros de evacuación…

***

Dice Ariosqui que uno de los vecinos que lo ayudaron a arreglar el techo «es aquel que está allí cargando tejas, el de la gorra… ¡Orly! —vocifera—. ¡Aquí hay un periodista que te quiere entrevistar!
Orly Jardines integra una brigada de ayuda a damnificados en el barrio Los Hoyos.

Hablo con Orly mientras alza del suelo las planchas de zinc (él agarra una esquina; al­guien más la otra esquina) y las encarama en una carreta halada por un buey.

La carreta es el modo en que un vecino al que acaban de darle sus nueve tejas las va a llevar a casa.

—Yo llegué a casa de Ariosqui un poquitico antes del ciclón. Mis viejos están enfermos. Los mandaron para el consultorio de El Guayabo. Tuvimos que evacuarnos porque mi casa es de madera con zinc. No es segura… Yo vivo ahí desde hace 34 años, y tengo 42.

—¿Y por qué no te fuiste con los viejos?

—No, no, no, yo me quedé vigilando. La casa de Ariosqui es cerca de mi casa. Ariosqui dijo que todo el que cupiera podía quedarse ahí.

Matthew le llevó a Orly las culatas de su casita. Le levantó el baño, la cocina y 16 tejas del techo.

—Pero na’, aquí estoy, ayudando en lo que me llega el turno de comprar. ¿Y tú sabes por qué? Porque todos somos cubanos. Somos la misma gente… Mi casa la remendamos como pudimos. Lo imprescindible: que no se les moje el cuartico a los viejos. Pero a mí me ayudaron mis vecinos y yo los ayudo también.

***

Según Estévez Crespo hay distintas formas de pago, y estas se establecen «de acuerdo con el trabajo que realiza la Comisión de trámites, donde el trabajador social, el técnico de vivienda y otros miembros de la comunidad, evalúan la posibilidad económica que tiene cada cual. El Estado bonifica el 50 % del precio de esos materiales, y aquí nosotros les bonificamos un porcentaje extra, que también sale de ese presupuesto estatal».

—¿Y los subsidios?

—Si la Comisión decide que el damnificado no tiene capacidad económica para solventar la deuda, el Gobierno asume el pago de todos los materiales a través de subsidios de hasta 90 000 pesos, según las afectaciones. 72 horas después de que se notifique a la persona que va a recibir un subsidio, esta debe ir a recoger el cheque, con la aprobación del Consejo de Administración Municipal… Hasta el mo­mento, en Sabanilla, hemos tramitado 67 casos de este tipo.

—Además de las tejas de fibro y zinc —pregunto—, ¿está previsto que se entregue algún otro material?

—Está entrando madera. Los bloques y el cemento están paralizados porque no tenemos condiciones; porque el local donde se van a vender todos esos materiales está sin techo.

—Hábleme de la lista. ¿Cómo deciden a quién en­tregarle los materiales primero, a quién después…?

—Se atienden los casos críticos: embarazadas, impedidos físicos, personas con enfermedades crónicas. Esa es la prioridad. Tam­bién depende del tipo de afectaciones que ha­ya presentado la vivienda.

—Pero en Los Hoyos nos hablaron del caso de una embarazada con una destrucción total del techo. Hasta el momento le han dado nue­ve, aún necesita 12 tejas.

—Tendremos que revisar ese caso.

***

Esa filosofía de la ayuda hizo posible que en todo Sabanilla se organizaran brigadas de apoyo: grupos de cuatro, cinco o seis vecinos que, como Orly, cargan y descargan planchas de zinc, de fibro, ponen techos, refuerzan las paredes…

—Ayudamos al que le haga falta —dice Orly—. Y lo hacemos de gratis. El que quiera dar algo se le acepta, pero no lo pedimos. El Consejo nos da las herramientas: unos guantes, martillos, un serrucho, un poco de ropa. Y lo de nosotros es empezar a reparar las casas.

—¿En qué casa están ahora?

—En casa de Berta. El ciclón le llevó la casa entera. Y ella tiene sesenta y pico de años y además vive sola con la mamá.

La casita de Berta está en la punta de una loma de casi 20 metros rodeada por varias casas más. Es una pequeña estructura de palos sin techo y sin paredes.

Berta espera: una mujer menuda recostada a un poste que soporta la bodega.

Conversamos un poco. Anochece. No quedan planchas de zinc en el suelo.

Orly Jardines y otros tres mulatos agarran sus enseres. ¡Berta! —gritan—. Ella los sigue. Acometen la loma por un trillo que han abierto los pasos de la gente que pisotea la hierba.

Y Yander y yo subimos con ellos.

Como si fuéramos a elevarnos juntos.
Granma

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