Un control cada vez más interno

hem_ba1b3eLa Habana, 23 nov. – La sociedad cubana vive hoy momentos decisivos, que garantizarán la permanencia en el tiempo del sistema socialista que hemos defendido durante más de medio siglo.

El perfeccionamiento de nuestro modelo económico, supone un reto elemental en la materialización de esa premisa, pero lleva asociado el perfeccionamiento también de los modos de hacer, de la responsabilidad con que se encaran las tareas y de lo que yo llamaría la palabra clave para abrir las puertas del futuro: «control».

Escrito en solitario, este sustantivo puede ser trasladado a disímiles esferas de la cotidianidad cubana, pero si se le acompaña del apellido «interno», entonces alude a una introspección hacia los procesos y fenómenos que tienen lugar en el seno de las instituciones del estado. Se trata, por encima de todo, de un profundo ejercicio de seguimiento y evaluación sistemática, sin el cual, los problemas se apuntalan frente a débiles e ineficaces soluciones.

Mucho se ha trabajado en los últimos años para el logro de estos objetivos y los frutos palpables se aprecian con más claridad desde que, en el 2009, la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobara, mediante la ley 107, la creación de la Con­traloría General de República. Otro paso invaluable llegó dos años después, con un documento nacido de esta nueva institución, devenido en manual indispensable para las administraciones, que declara las Normas del Sistema de Control Interno, la Resolución 60.

Sin embargo, a cinco años de su aprobación, aún existen problemáticas latentes en cuanto a su implementación y al cumplimiento de los aspectos que estipula. Una forma muy sencilla de interpretar esta afirmación, tiene que ver con el hecho de que, en disímiles ocasiones, es mayor el número de deficiencias detectadas en una entidad luego de un control externo, que las detectadas por el propio ejercicio de control al interior del centro. Entonces surge una pregunta, si están creados los mecanismos para la detección de riesgos, si existen planes de acción a nivel de áreas y entidades para prevenirlos y comités que apoyan a la administración en esa tarea, ¿cómo se explica la manida justificación de «fue a mis espaldas, yo no lo sabía?».

Dolorosos casos de malversación, de utilización de recursos del Estado en beneficio propio, han sido consecuencia de descuidar el control interno. Lamentablemente, el desconocimiento no exonera de responsabilidad, y aunque un dirigente administrativo no esté directamente involucrado, puede enfrentar el peso de la ley por incumplir con su deber de fiscalizar constantemente los procesos que están bajo su mando.

Para nadie es un secreto que hay quienes comienzan una carrera desenfrenada cuando se anuncia una comprobación al control interno. A modo de maratón imprimen documentos, redactan disposiciones y toman medidas de último minuto. Al final, las dificultades afloran, porque es imposible tapar en un día el agujero abierto durante todo un año. Lo peor es que, tales actitudes, no repercuten solo en el ámbito individual. Qué problema se resuelve rescindiendo a un cuadro de sus funciones, después de que su indolencia ha asestado un duro golpe al aparato económico de su empresa e incluso, al bie-nestar de los trabajadores.

Aquellos que hayan logrado entender en toda su magnitud el valor de un control interno efectivo sabrán que está en sus manos la herramienta para garantizar no solo en uso eficiente de los recursos, o la elevación de niveles productivos, sino el compromiso colectivo con la sostenibilidad de nuestra so­ciedad. Y digo «colectivo», porque depende de todos los factores de la entidad, que no deben solo subordinarse a los directores, sino alertarlos y contribuir con ellos a poner coto a manifestaciones delictivas o procederes ilegales.

Aunque el Estado cubano apuesta por nuevas formas de gestión económica, que impulsan la emergencia del sector privado, sigue siendo la empresa estatal socialista la base de nuestro desarrollo, pues el principio básico de nuestro sistema es el disfrute equitativo de las riquezas producidas. Entonces volteemos el catalejo, dejemos de mirar hacia afuera y busquemos dentro, allí donde se agazapan los «errores» y las «ingenuidades», que pueden costarnos demasiado caros como para permitirles el privilegio de la impunidad.

Granma

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