Aniversario 60 del asesinato de Josué País, Floro Bistel y Salvador Pascual

Josué País (izquierda), Floro Bistel (centro) y Salvador Pascual (derecha), asesinados en Santiago de Cuba el 30 de junio de 1957. Foto: Archivo

Josué País (izquierda), Floro Bistel (centro) y Salvador Pascual (derecha), asesinados en Santiago de Cuba el 30 de junio de 1957. Foto: Archivo

SANTIAGO DE CUBA.–Bastarían las estrofas iniciales del poema que Frank País García dedica a su hermano Josué, al conocer su cobarde asesinato por sicarios de la dictadura de Fulgencio Batista, en la tarde del domingo 30 de junio de 1957, para dibujar el perfil del niño héroe al cual quiso tanto y que tanto amara a la patria:

Nervio de hombre en cuerpo joven/coraje y valor en temple acerado / ojos profundos y soñadores / cariño pronto y apasionado. / Era su amistad, amistad sincera / en crítica sagaz y profunda./ Ideal que no claudica ni doblega / rebeldía que llevara hasta la tumba.

Como ha sintetizado su biógrafo Francis Velázquez Fuentes, resulta indudable la influencia del extraordinario modelo que tiene al lado, pues de Frank recibió siempre un especial cariño y por él profesó ese profundo sentimiento de respeto y admiración que contribuye a forjarlo tempranamente en el fragor revolucionario, «pero con verdadero heroísmo Josué supo tejer su propia historia».

Respetuoso y obediente, contrasta con la rigurosa disciplina familiar el carácter fuerte, a veces impulsivo del joven rebelde, valiente y de extrema fidelidad, cuya madurez y capacidad de análisis poco común a su edad, le valieron para destacarse en los estudios, admirar a Martí y aquilatar en todo su alcance el asalto al Moncada encabezado por Fidel.

Su corta pero intensa vida impresiona. Se le ve en cada protesta, sufre prisión, pero nada lo detiene en el trasiego de armas, en sabotajes o tareas organizativas, que cumple con audacia y lo preparan para asumir empeños mayores, como sería el levantamiento armado del 30 de Noviembre de 1956, en apoyo al desembarco del yate Granma.

Para el alzamiento, Frank había responsabilizado a Josué con los preparativos de la fuga de los presos políticos confinados en la cárcel de Boniato, pero luego le encomienda la delicada tarea de disparar con un mortero desde el Instituto de Segunda Enseñanza hacia el cuartel Moncada, misión frustrada al ser detenido junto al destacado luchador Léster Rodríguez, cuando intentaban llegar al centro estudiantil.

Incluido con los apresados en el levantamiento y el desembarco del Granma en la Causa 67 de 1956, «seguida contra 226 personas acusadas de haber tomado parte en la insurrección encabezada por el Doctor Fidel Castro Ruz», hasta el día del juicio guardó prisión en el propio penal de Boniato, donde al lado de Frank despliega una intensa actividad destinada a proseguir la lucha.

Tras la salida es ascendido por la Dirección del M-26-7 a teniente de milicias y el paso a la total clandestinidad lo lleva a intensificar su batallar, como refleja la respuesta que tendría un provocador mitin político convocado para aquel 30 de junio por testaferros del régimen de catadura tan baja como la del senador Rolando Masferrer Rojas, connotado matón.

Josué y sus compañeros Floromiro Bistel Somodevilla, «Floro», y Salvador Alberto Pascual Salcedo, «Salvita», estarán entre los distintos grupos del Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR 26-7), que reciben la misión de sabotear tamaña
farsa, destinada a aparentar que la victoria del naciente Ejército Rebelde en el Combate del Uvero el 28 de mayo anterior, no tenía trascendencia alguna.

La señal para el inicio de la misión, consistente en realizar desde autos en marcha y por escasos minutos disparos al aire, sería la explosión de una bomba colocada temprano en la mañana bajo la tribuna instalada en el parque Céspedes, pero la detonación del artefacto no se produce y los jóvenes luchadores se desesperan por hacer callar la meditada provocación al pueblo y a los revolucionarios.

Debe señalarse que en la ciudad se había reforzado todo el aparato represivo del régimen. El coronel y asesino Alberto del Río Chaviano, había encargado al jefe del Servicio de Inteligencia Regimental (SIR) Agustín Lavastida, la creación de una fuerza destinada a apoyar a la Policía Nacional, al mando nada menos que del capitán Bonifacio Haza Grasso, padre del mediocre violinista de Donald Trump.

Era mucho el amor de los jóvenes revolucionarios a la patria y sus héroes, para soportar semejante ultraje. «Nervio de hombre», dice Frank del hermano cuya temeridad mostrada en múltiples ocasiones, tampoco se hacía esperar esta vez, y envía a «Floro» y Salvador a ocupar un auto para partir a cumplir la misión.

El robo del vehículo es notificado de inmediato a la policía por su dueño, de modo que se circula el número de la matrícula. Salvador conduce, Josué va armado de una pistola P-38, y «Floro» porta una escopeta recortada. No resulta difícil para un patrullero que marcha detrás identificar el Chevrolet e iniciar la persecución.

Salvador acelera y comienza el intercambio de disparos. Uno de los proyectiles de los policías perfora un neumático trasero y al llegar a la intersección de Calzada de Crombet, el auto de los revolucionarios cae en una emboscada entre dos fuegos, frente a otro patrullero estacionado allí.

No demora la presencia de una veintena de soldados que a pie patrullan el área.

Todos descargan sus armas prácticamente de forma homicida contra los tres combatientes. «Floro» y Salvador mueren acribillados antes de poder abandonar el vehículo, mientras que pistola en mano Josué lo abandona en actitud combativa.

Sobre él dirigen los asesinos sus armas y al herirlo logran derribarlo al pavimento. Sus movimientos indican que aún vive, cuando llega el teniente coronel José María Salas Cañizares. «Masacre», como le apodaban los santiagueros, dispone que el cuerpo del herido sea trasladado al Hospital de Emergencia, no sin antes llamar aparte a sus matones e imponerles que lo ultimen en el trayecto.

Es así como ofrendan heroicamente sus vidas Josué, Floro y Salvador. El entierro de los revolucionarios, con sus cuerpos cubiertos por banderas del Movimiento 26 de Julio, se transformó en una manifestación de duelo y desafío al régimen.

A 60 años del criminal asesinato, ellos viven en el corazón de su pueblo, que jamás permitirá que en sus tumbas del cementerio patrimonial Santa Ifigenia falten las flores de cada día, ni dejen de ondear la enseña nacional y la bandera del M-26-7, como símbolo eterno de la patria libre que con su sangre ayudaron a conquistar.(Tomado de Granma Digital)

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