Contar la imprudencia

La Habana, 6 jun.- Siempre me alegra oír la voz de quien logra contar su imprudencia.

No importa el tono, el volumen, los matices, si lo relata con la respiración cortada por el susto o con el pecho hinchado de la temeridad. No importa, siempre me alegra escucharlo.

Hay cierto júbilo que me va naciendo adentro mientras sigo el relato de lo que rozó la tragedia posible, aquello que por obra de una casualidad definitiva dejó un milímetro entre el narrador y el cierre inesperado de su vida.

«Me llevé el Pare con la bicicleta. Suerte que no venía nada…». «Me frenaron en los pies cruzando la avenida. No sé cómo no sentí el carro. Siempre traigo los audífonos bajitos…». «Desde niño saltaba al balcón por la escalera, cuando mami no estaba. Creo que me falló la mano y resbalé. Por un tilín sujeté el tubo…». «No fueron los dos rones que traía. El bache me sacó de la carretera…». «Crecí tumbando los mangos desde el techo. Los cables están lejos. Valga que la vara que tocó el tendido sin querer era de madera…».

En cada uno de esos episodios me alegré otra vez, por dentro y casi por fuera, con una sonrisa grande de un «menos mal», de un «quiso Dios» en la boca de quien no es religioso, de ese gozo inevitable que provoca el aprecio por la vida, del valorarla más que mucha gente que la pone en peligro a cada rato y la cuenta después, de cualquier modo.

Un noticiero reciente rodó en la televisión el desplome de un puente por la crecida del Zaza. La corriente arrancó y se tragó en un segundo buena parte de la estructura de hormigón.

Por uno de esos azares milimétricos, solo fueron concreto y asfalto lo que engulló la turbulencia, a pesar de que el puente quebró justo entre las piernas de uno de los «curiosos» asomados a la crecida.

El reporte puso detrás de la imagen a la muchacha que tuvo, por un segundo, un pie a cada lado de la línea de la vida. Sus ojos todavía estaban grandes. Contó el susto en frases cortas.

Ella sonreía porque fue solo eso, un susto, un «menos mal», un «por poquito». Ni una palabra suya habló de la imprudencia.

Impresionado, por la imagen y por su desenfado ante el gravísimo riesgo, yo sonreí otra vez de esa extraña alegría que en mis adentros emula con la molestia.

Y es que aunque no fuera mía, toda vida vale igual. Celebré que esa muchacha –como antes los tantos imprudentes que he escuchado– tuviera la suerte inmensa de quedar para contarlo.

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