El día que un gigante del béisbol cubano pasó de las gradas al terreno

  El día que un gigante del béisbol cubano pasó de las gradas al terreno


El día que un gigante del béisbol cubano pasó de las gradas al terreno

La Habana, 28 feb.- Lázaro entró en el estadio Victoria de Girón de Matanzas por la puerta principal. Llevaba unos jeans, un pullover y una gorra desgastada. A pesar de su imponente anatomía de más de seis pies de estatura nadie notó su presencia cuando se fundió con la multitud ansiosa que se aglomeraba en la entrada.

Con la cabeza baja subió por los pasillos y se acomodó como pudo en el primer espacio de las gradas que encontró vacío soltando un suspiro nostálgico mientras las gotas de sudor le corrían por su rostro.

Apenas había dormido la noche anterior. Volvió a sentir aquella horrible sensación que tantas veces lo acompañó en su larga carrera deportiva cuando lo dejaban fuera de las selecciones nacionales. Vacío de una a otra costilla llegó caminando al estadio como un alma en pena movido por inercias beisboleras o por simple curiosidad, ni el mismo lo sabe.

En el terreno, una comitiva de las Grandes Ligas con algunos de sus dirigentes, emigrantes cubanos que regresan, y glorias deportivas de la provincia se aprestan a comenzar una clínica con niños de categorías infantiles.

La fanaticada está eufórica. El momento histórico queda detenido en el tiempo cuando miles de flashes se disparan al unísono. Lázaro relaja los músculos de su cuerpo cuando ve a sus alumnos salir de la banca en fila perfecta hacia el home-plate en medio de la algarabía de la multitud.

Siente vergüenza al distinguir a varios de sus antiguos compañeros en el terreno. Los pensamientos se amontonan en su mente. Otra vez su nombre fuera de las listas, la injusticia convertida en látigo azotándole en la espalda, el ostracismo y el olvido sobrevolando su cuerpo como un ave de rapiña esperando que se derrumbe para devorarlo.

Lázaro tira hacia abajo la visera de su gorra desteñida, suenan las cornetas y su garganta se cierra. El dolor lo inmoviliza al sonido de la sirena que tantas veces le hizo vibrar cuando sacaba una esférica del parque. Cerró los ojos y sintió que su alma se separaba de su cuerpo.

Fue en ese momento que sintió una voz muy cerca, casi un susurro que repitió dos veces la misma pregunta:

-¿Lázaro Junco?

Abrió los ojos, un aficionado lo miraba fijamente con el ceño fruncido, petrificado con su descubrimiento.

-¿Qué tú haces aquí?-pregunta sin esperar respuesta. Esto no puede ser. ¿Qué hace un tipo con tu historia sentado en las gradas? ¿Cómo es posible que no estés un día como hoy en el terreno?-Siguió diciendo con asombro.

Lázaro no pronunció palabras, no las encontró dentro de su vocabulario, se encogió de hombros mientras una tenue lucecita se prendió en algún rincón del interior de su cuerpo.

El aficionado no se pudo contener, los gritos le salían del alma hacia la multitud:

-Caballero, ¿ustedes saben quién está aquí? Es Lázaro Junco, el mayor jonronero que tiene esta provincia, el primero que llegó a batear cuatrocientos jonrones en toda Cuba. Mírenlo aquí en las gradas y como hay gente allá abajo con mucho menos historia que este hombre.

El estadio enmudeció, callaron las cornetas y las sirenas. Poco a poco los presentes se fueron parando de sus asientos para ver lo que estaba pasando. Un ángel pasó como un bólido cerca de Lázaro y un viento frío le golpeó en el rostro.

Un coro fue creciendo como una ola retumbando en las paredes intoxicando el oxígeno del aire: ¡Junco, Junco!

Una horda gigante aplaudiendo y Lázaro inmerso en su humildad seguía sentado aferrado a la visera de su gorra desteñida. ¡Junco, Junco! Era un grito de guerra que invocaba a los dioses justos y hacía temblar a directivos olvidadizos.

La clínica se detuvo, nadie lanzó una pelota más ni se hizo ningún swing al aire. Desde la grama, curiosos y estupefactos, los integrantes de la comitiva de las Grandes Ligas buscaban el motivo de semejante espectáculo.

La fanaticada abrió un espacio delante de Lázaro para que lo vieran, lanzando una alfombra roja imaginaria para que el rey de los jonrones caminara hacia el terreno. Alguien lo convidó a bajar con energía, insistente ante los gritos de la multitud.

Lázaro se levantó y anduvo como en uno de los pasajes bíblicos, pero esta vez el cristo redentor era el pueblo, el que hizo el milagro de la justicia divina y puso a su héroe legendario en el lugar que merece.

(CubaDebate)

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