Marcos Rubio: Un hijo americano

Marcos Rubio: Un hijo americano

Tras la derrota en sus aspiraciones presidenciales de 2016, parecía queMarco Rubiopasaría a ser uno más en el baúl de los fracasados políticos republicanos. El amante de los nada mesurados  “foam parties” de la gay South Beach, en Miami acabada de perder la nominación del Partido Republicano frente a Donald Trump, quien después resultó electo presidente y el mimético senador se reconcilió con él después de haberlo denostado hasta el cansancio durante la puja electoral.

Como ave fénix resurgió de sus cenizas el senador por Florida, quien ya se encuentra tejiendo en este momento su próximo lanzamiento como candidato a la Oficina Oval de la Casa Blanca en los comicios del 2020 y se enfoca en explotar dos vetas para escalar: Venezuela y Cuba

Se trata de la joven estrella de los republicanos, quien para descollar falseó su origen cubano al autocalificarse, junto a su familia, como “víctima” de la Revolución cubana, así pretendía encajar en el electorado floridano. Cambió en dos ocasiones la versión sobre la llegada de sus padres a Estados Unidos. Primero, dijo que lo habían hecho como “exiliados tras la caída de la dictadura”, esta adaptación de la verdad fue desmentida por amigos de la familia quienes recordaron que el padre de Rubio compraba “Bonos del 26 de Julio”, una práctica común de los emigrados económicos cubanos para financiar la lucha contra el dictador Fulgencio Batista. Después rectificó y dijo que esto había ocurrido en 1956.

La fábula fabricada de su vida cuenta, que de niño Marco Rubio le decía a su abuelo, un exiliado cubano, que algún día derrocaría a Fidel Castro y sería presidente de Cuba. Hoy, a los 47 años, su ambición sigue siendo voraz: quiere ser el primer presidente latino de los Estados Unidos. Nació en Miami en mayo de 1971, hijo de un matrimonio cubano que abandonó la Isla quince años antes para escapar de la pobreza de la Cuba pre revolucionaria. Algunos años después del triunfo revolucionario en 1959, su familia decidió no regresar más a la Isla, un país que el senador republicano nunca ha visitado, ni conoce, pero le sirve a sus ambiciones y lo ha convertido en bandera de su carrera política. Es un tema “gancho”, dirían sus asesores.

Hijo de un barman y una mucama, Rubio creció en la ciudad de Miami, pero pasó cinco años en Las Vegas, donde la familia se convirtió a la religión mormona, antes de regresar luego al catolicismo. Él, es inconsistente en el tema de la fe, tiene sus crisis, va con su esposa Jeanette y sus cuatro hijos a misa, pero escucha desde la adolescencia al rapero Grandmaster Flash, del cual es devoto.

Sus “fans” más cercanos dicen que Rubio, en apariencias, tiene todo para agradar: una sonrisa seductiva, es apuesto, de modales finos, excelente orador bilingüe, a pesar de tener un ritmo desenfrenado y una impaciencia a veces visible y nerviosa.

Fue seguidor del senador Edward Kennedy, un ícono de los demócratas, antes de quedar obnubilado del otrora actor de películas del oeste norteamericano y después presidente republicano Ronald Reagan. Oportunista desde la cuna bebió de ambos partidos y se quedó con los elefantes. Este proceder es habitual en los políticos estadounidenses de origen cubano. Lincoln Díaz-Balart, por ejemplo, siempre fue un fracasado mientras estuvo en la carpa de los burros demócratas, se pasó a los republicanos y floreció en una política donde todo se vale.

El refinado Rubio, dos años después de graduarse como abogado, fue electo, en 1998, al consejo municipal de la ciudad de West Miami. Un año más tarde, llegó a la cámara de Representantes de Florida, que presidió de 2006 a 2008. Emergió en el 2010 durante su  elección al Senado y sobre la ola envolvente del movimiento conservador Tea Party.

En el 2012, el joven político, fue agasajado por el semanario Miami New Times, que le dedicó un artículo al libro de autopromoción que acababa de publicar Rubio, con el sugestivo título de An American Son – Un hijo americano –, donde narraba vivencias íntimas de su vida, incluidos ciertos pecados de juventud.

Su madurez política transcurre lenta y tardía, su carácter punitivo así lo demuestra. Se empecinó en retrasar la aprobación de la funcionaria Roberta Jacobson como embajadora de Estados Unidos en México, su motivación fue turbia y punzante, debido a que esta funcionaria había presidido gran parte de las negociaciones que terminaron el 17 de diciembre de 2014 en el anuncio del restablecimiento de las relaciones con Cuba, y este servicio debía ser castigado. Fijó, además, como condición que el Senado estadunidense endureciera las sanciones contra Venezuela, lo cual ha logrado, a cambio de aprobar la designación de la señora, que solo se logró en el 2016.

El ahora activo militante del lobby anti-cubano, está asociado con otros políticos de origen cubano como chillona ex representante federal republicana Ileana Ros-Lethinen y el presunto corrupto senador demócrata por Nueva Jersey, Robert Menendez. Con la primera lo enlaza algunos de sus revelados deslices de juventud, como narra el autor del artículo del Miami New Times Kyle Munzenrieder, quien dejaba ver cómo el flamante líder conservador relataba, paradójicamente, que siendo un farandulero de la línea dura frecuentó las controvertidas “fiestas de espuma”, de la célebre playa de South Beach, conocida por sus desenfrenos y disipados bares.

Tan marcada era su adicción por esas fiestas, que el hoy senador escribe en sus memorias, que una noche, su ahora esposa, Jeanette, le auguró que la relación terminaría si él continuaba asistiendo a esos encuentros disolutos. Él, fue de todos modos y recrea en sus memorias esa experiencia, recuerda como la espuma “bajaba del techo” y sus zapatos pasaron de negro a blanco. El devoto revive que era un ambiente desenfrenado donde los partícipes se animaban a resbalar, deslizarse  y a bailar en trajes de baño o ropa interior en una piscina gigante colmada de copiosas burbujas.

En este mismo libro, Rubio, quien se declara como un austero convencido, con enraizadas creencias religiosas conservadoras, revela cómo alcanzó una hazaña etílica, que ahora sería incompatible con su prístina nueva imagen enrumbada hacia la Casa Blanca. En el texto se extiende en narrar sus habilidades en las maniobras políticas, que sirvieron a su carrera, inspirado más por el poder que por las ideas.

Cuenta como se intoxicó con alcohol al punto de estar totalmente borracho fuera de control y haber vomitado sobre quien, entonces, le enseñaba a convertirse en prometedor carismático líder del relevo republicano.

El suceso aconteció así: Era después de una asamblea a favor de Robert Bob Dole en New Hampshire. En el vuelo de regreso a Miami, el inmaculado senador floridano, participó en un “concurso de vodka” que terminó en el regazo de su entrañable Ileanita Ros-Lehtinen.

“Me di cuenta que no podía más (con el vodka)”, escribe. “Yo iba a vomitar a la vista de algunos de los republicanos más destacados en la Florida”. “La congresista Ileana Ros-Lehtinen estaba sentada a mi derecha. A mi izquierda se encontraba un organizador político voluntario muy conocido y prestigioso. Me quedaba vomitar sobre una congresista o sobre un compañero voluntario. Elegí a la congresista”. Todos reímos menos ella”.

Este no fue el único pasaje del joven travieso aspirante a suceder a Donald J. Trump, ha tenido sus devaneos políticos como el que protagonizó al exhortar, con firmeza, en un discurso pronunciado ante académicos de la Universidad Católica de América, a la “tolerancia” con  aquellos que son intolerantes hacia el matrimonio gay. Su dislate quedó así, ante los aprensivos religiosos: “Hoy en día hay una creciente intolerancia en este tema, la intolerancia para   aquellos que siguen apoyando el matrimonio tradicional”.

El senador Rubio, lideró un fracasado proyecto de reforma migratoria, después ha tratado reconstruir el apoyo perdido entre los conservadores. El sistema político estadounidense es tan dúctil que tolera que un seguidor de los “foam parties” y los concursos de vodka en aeronaves puede convertirse en un puritano emérito, libre de todo pecado por obra y gestión de sus patrocinadores y encuestadores. El pueblo estadounidense no ha tenido suerte, ahora Trump y en la canasta próxima un disoluto Rubio. Que Dios los libre de semejante presidente.(Cubadebate)

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