Aceras de La Rampa: ¿Arte o conformismo?


Aceras de La Rampa: ¿Arte o conformismo?

La Habana, 15 jul.- Las primeras fotos aparecieron en las redes sociales y combinaron asombro e indignación. En medio de las actividades para recibir los 500 años de La Habana, las obras constructivas en La Rampa no solo afectaron partes de las aceras de granito, sino que dañaron uno de los mosaicos con reproducciones de lo mejor de las artes plásticas en Cuba. El lugar es Monumento Nacional, pero ahora un feo relleno de cemento opaca su historia.

Como si se tratara de una cuestión insignificante, los encargados de las obras —encaminadas a soterrar cables del sistema eléctrico e instalar nuevas luminarias— decidieron romper varios metros del contén, colocar el cableado y luego sellarlo todo con cemento.

Allí donde hubo granito ahora se puede ver, como la huella palpable del cambio, un piso gris y opaco junto a uno de los mosaicos con una parte también borrada.

Aunque todos concuerdan en el mérito de las reparaciones, muchos se cuestionan si no era posible tener en cuenta el tipo de materiales o las especiales características de un lugar con más de 50 años de existencia. Otras opiniones van más allá y recuerdan los valores históricos o culturales de uno de los sitios más conocidos de la urbe.

Las preguntas parecen repetirse a cada paso: ¿Por qué la terminación dada a la obra rompe con la estética de La Rampa? ¿No existían alternativas para proteger mejor los mosaicos? ¿A quién le corresponde fiscalizar un trabajo que tenía como principal objetivo embellecer la ciudad?

Estas reparaciones llegaron mientras la más alta dirección del país llama constantemente a la defensa de la cultura del detalle y a la terminación con calidad de las obras. Es un reclamo inteligente y necesario, pero hacerlo valer implica entenderlo en toda su magnitud.

El rigor constructivo y estético, el respeto por las terminaciones con calidad, no son un esfuerzo extraordinario ajeno a las esencias de cualquier labor. Tampoco un favor que una brigada decide o no realizar. Cada uno de esos elementos representa una obligación tan importante como fortalecer los cimientos o las columnas de un edificio, y asumirlos como tal forma parte también de la eficiencia necesaria en estos días.

En el actual contexto cubano, la chapucería, la indolencia y la desidia, son tan dañinas como la ausencia de materiales o la atención a destiempo. Desterrarlas es una lucha constante abierta hacia diversos frentes, y donde cada pequeña victoria significa mejorar la calidad de vida para decenas de personas.

Y en esa búsqueda de un mayor bienestar físico, la defensa de la prosperidad inmaterial merece toda la atención. Al final esa es la única manera de sostener verdaderamente la grandeza de una ciudad.

Ante tantas críticas, alguien pudiera argumentar que el cemento es la solución temporal para cerrar la zanja y evitar accidentes. También podría intentar saldar el asunto y proyectar próximas reformas para devolver a su estado original el granito roto y el arte dañado. Pero esa actitud de solucionar lo urgente sin planeación de futuro, entraña nuevos y peligrosos problemas.

Por otra parte, más allá de asuntos constructivos, llama la atención otro riesgo no desechable. ¿Qué significa dañar un lugar que no solo es uno de los buenos ejemplos de trazados urbanos en Cuba, sino que también forma parte del corazón cultural de La Habana? ¿Por qué la presencia del arte y el patrimonio no resultó un argumento suficiente para extremar los cuidados?

En medio de las premuras cotidianas, desconocer el valor de la cultura o relegarlo ante las necesidades más básicas, no parece el mejor de los caminos. Para una sociedad conocedora de la importancia de lo inmaterial para resistir los embates dirigidos a borrar lo autóctono, conservar su memoria no puede resultar una cuestión menor.

En el plano de lo espiritual y lo simbólico, La Rampa y sus mosaicos forman parte de la historia de la ciudad y se insertan como otro de sus elementos identitarios. Y romper esos vínculos produce heridas que una reconstrucción material no pueden sanar.

Cuba tiene buenas experiencias y sabe muy bien cómo combinar con éxito la modernidad, la historia y la cultura. Lo visto en La Rampa no puede enturbiar los logros de una urbe que se esfuerza en rejuvenecer tras medio milenio de fundada, pero sí implica un llamado de atención.

Porque lejos de las limitaciones económicas o presiones externas, se trata aquí de sentido común, de respeto por lo bello y sobre todo de luchar contra un conformismo incapaz de aportar al modelo de país que construye Cuba.

(CubaDebate)

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