Solidaridad: ¿Valores pasajeros?

Solidaridad: ¿Valores pasajeros?

La Habana, 24 feb.- Los cubanos le pusimos “la coyuntura”, como si dejar de recibir más de la mitad del combustible necesario no bastara para mellar la jocosidad de la Isla. Era septiembre de 2019 y todo el país se lanzó a la búsqueda de soluciones colectivas para enfrentar la situación. El transporte público, clave en la vida económica y social y uno de los sectores más golpeados, ofreció quizás las más bellas muestras de solidaridad. Entonces el orgullo de ser cubano emuló con el sacrificio de esas jornadas.

Algunas ciudades modificaron rutas y horarios para sus ómnibus, mientras otras reordenaron los servicios y priorizaron los de mayor incidencia en la población. A su vez, ganó protagonismo el cuerpo de inspectores y muchos de ellos llegaron hasta los puntos más concurridos para chequear que los conductores de autos estatales también dieran su aporte. En más de un sitio esa ayuda fue un actuar espontáneo, incluso entre quienes manejaban vehículos particulares. Sin embargo, hoy la realidad luce distinta.

Aunque no es el comportamiento absoluto y la camaradería vista meses atrás caló en más de una persona, otra vez llegan a las calles de Cuba los choferes apurados y los autos indetenibles. Como si fuera el regreso de una enfermedad curada solo en apariencia, nuevamente muchos prefieren no mirar a los bordes de la carretera y escudarse detrás de cristales alzados o justificaciones vacías.

Es un fenómeno doblemente doloroso. De un lado, sobrecarga al insuficiente sistema de transporte público justo cuando la escasez de combustible reduce la cantidad de viajes. Del otro, priva a las personas de una opción —mucho más rápida y directa— para moverse en el interior de la urbe. No obstante, el suceso es más peligroso por las lecturas que deja.

¿En qué piensa alguien cuando sigue de largo e ignora en una parada a mujeres, niños, ancianos, o sencillamente a otros trabajadores también necesitados de llegar a algún sitio? ¿Por qué asumir un auto estatal como un bien privado y desconocer la responsabilidad social que implica conducirlo? ¿Qué país surge de actitudes como esas?

Las respuestas a cada interrogante pasan por una cuestión fundamental: el egoísmo, la indolencia y la defensa de lo individual por encima del bienestar colectivo no pueden desplazar a la solidaridad como uno de los pilares de la nación. En no pocas ocasiones ella se ha convertido en el mejor escudo y en la más sólida arma de los cubanos, tanto dentro como fuera de la isla. Olvidarla justo ahora no parece un buen plan.

Ciertamente cualquiera pudiera argumentar que mover a las personas dentro de la ciudad es responsabilidad exclusiva de las empresas de ómnibus urbanos y de los porteadores privados habilitados para brindar el servicio. Ambos tienen ese encargo como razón de existencia y por tanto cargan con el mayor peso, pero en una sociedad como la cubana ese pensamiento reduccionista no debería encontrar demasiados espacios para prosperar.

Ante esa realidad otra vez cobran importancia los inspectores. Muchas veces los conductores solo se detienen cuando los ven en las paradas, mientras en otras el control termina en saco roto y poca vida tienen los reportes de los choferes incumplidores. Es un mecanismo eficiente a medias, porque la solidaridad debería llegar por vocación, no por exigencia

El ejemplo está nuevamente en septiembre de 2019. Entonces las estrategias demostraron efectividad en cuanto a organización y control, pero sobre todo triunfaron porque las acompañó el entendimiento y la ayuda de choferes, pasajeros y directivos. Sin ese detalle hubiera sido casi imposible mantener vital a un país solo con el 30 por ciento del combustible requerido. Sin esa visión colectiva, poco sucedería en una nación acostumbrada a lidiar con limitaciones y obstáculos.

Mientras la Isla enfrenta un escenario de sanciones estadounidenses, campañas mediáticas y tergiversaciones de la realidad interna, la solidaridad no puede convertirse en eslogan o en una práctica momentánea. A fin de cuentas, existe mucho de ella en la vida práctica, cotidiana, pero también en nuestro proyecto de país y en ese socialismo próspero y sostenible al cual aspiramos. Su presencia está si pedimos una economía eficiente, menos burocracia, mayor humanismo o una mejor atención a las quejas.

Cuando hace pocos meses (en suceso que se ha repetido después) el Presidente cubano detuvo su auto y recogió a varias personas en una parada de La Habana, el hecho colmó las redes sociales y acaparó la admiración de muchos. Pero lejos de un suceso casual, se trata de una convicción y de la fuerza del ejemplo, justo cuando se convoca a prácticas similares para hacer más llevaderas las escaseces.

Por encima de todo, es un llamado a ese gusto por servir, a la unidad y al aporte colectivo que Cuba sabe imprescindible para emprender cualquier camino.

Transversal a casi todo, la solidaridad es de esas virtudes aparentemente inmateriales que revelan la calidad espiritual de una sociedad, el nivel educativo y cultural de su gente y la verdadera grandeza de un país. Ponerla de manifiesto ahora implica crecer como seres humanos, pero también vencer el reto de la indolencia y la comodidad por lo fácil. Frente a los lances del presente, ese es el camino y a la vez la meta de una carrera donde el altruismo y la consideración por los demás no pueden ser valores pasajeros.

(CubaDebate)

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