Baraguá ayer, hoy y siempre

Baraguá ayer, hoy y siempre

Santiago de cuba, 16 mar.- Se dice que para entonces, el Mayor General Antonio Maceo cargaba ya en su cuerpo las 21 heridas recibidas durante la Guerra de los Diez Años, pero, como tiempo después escribiría a José Martí, ninguna dolía tanto como aquella que paradójicamente no había provenido de armas de fuego o blanca alguna.

Así le confesaba al compararla, en el correo remitido el 19 de enero de 1894, con dos episodios tan duros para un ser humano: «Tres veces en mi angustiada vida de revolucionario cubano he sufrido las más fuertes y tempestuosas emociones de dolor y tristeza (…): (la pérdida) de mi padre, el Pacto de Zanjón, y (la muerte de) mi madre».

Era tanta la grandeza conquistada en cientos de combates, que tras la indigna capitulación, firmada el 10 de febrero de 1878 en ese sitio del Camagüey, por políticos y militares cubanos desarmados por el divisionismo, el regionalismo, el caudillismo y la indisciplina, resultaba cuestión de honor limpiar lo que había calificado de «rendición vergonzosa».

Apenas 32 días después de la rúbrica, el 15 de marzo, tendría lugar el instante esperado en el mejor de los escenarios. Bajo un arbolado de mangos de la sabana de Baraguá, justo en el centro del insurgente Oriente, estarían frente a frente el oficial pacificador español, general Arsenio Martínez Campos, y el héroe a quien la historia reconoce como el Titán de Bronce.

Tan expectante debió haber sido el momento, que a 142 años el sitio, con renovados mangos de corazón, aún impresiona al pensar en el extraordinario acontecimiento, que pese al reducido número de participantes y el parco parlamento, el Apóstol lo definiría como «de lo más glorioso de nuestra historia».

De nada valieron al colonialista las «generosas» propuestas, los halagos hacia el intransigente mambí. Grande fue su chasco al pretender desplegar el documento con que había«embriagado» a los firmantes zanjoneros, pues aquel armisticio era inaceptable, al no contemplar en primer lugar la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud.

La sangre derramada desde el 10 de octubre de 1868, en la justa causa frente a un despiadado régimen, jamás podía olvidarse, de ahí que como cita la inscripción en el obelisco que inmortaliza la Protesta de Baraguá: «en la determinación de proseguir la lucha al conjuro del deber, acababa de rubricarse el rasgo bélico más osado e insuperable de la América batalladora».

Cumpliendo su palabra de honor, al sagrado lugar volvería Maceo antes de partir, en la Guerra Necesaria, el 22 de octubre de 1895, con las huestes que lo seguirían en la invasión al Occidente. A punto de consumarse el triunfo revolucionario, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz lo imitaría a finales de diciembre de 1958, para jurar que esta vez los mambises rebeldes sí entrarían en Santiago de Cuba.

Como afirmara el propio Fidel desde este sitio, al conmemorar el 15 de marzo de 1978 el centenario del hecho: «con la Protesta de Baraguá llegó a su punto más alto, llegó a su clímax, llegó a su cumbre, el espíritu patriótico y revolucionario de nuestro pueblo, y las banderas de la Patria y de la verdadera Revolución, con independencia y con justicia social, fueron colocadas en su sitial más alto».

En ese acto y revista militar, puntualizó que en la etapa entre el Moncada y la expedición del Granma, y la lucha en la Sierra Maestra, el gesto insuperable de Maceo estuvo siempre en la decisión de no darse por derrotado nunca. Ese principio Fidel lo ratificó aún más, al trazar, en el Juramento del 19 de febrero del 2000, que Cuba sería un eterno Baraguá.

Así fue, así es y así será en momentos en que, con cerca de 200 agresivas medidas, el gobierno encabezado por Donald Trump pretende infructuosamente rendir a un pueblo que día a día abraza el ejemplo de Maceo y su ideario, que establece «La Patria ante todo (…), continuar es deber; retroceder vergüenza oprobiosa».

(RCA)

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