Primera Declaración de La Habana: “No nos queda ninguna duda de que la patria vencerá”

Primera Declaración de La Habana: “No nos queda ninguna duda de que la patria vencerá”

La Habana, 2 sep.- Resulta evidente que cada uno de ustedes, desde el sitio en que se encuentran, no puede tener una idea siquiera de la inmensidad de la muchedumbre que se ha reunido en la tarde de hoy. Es un verdadero mar humano, que se pierde de un extremo a otro de la Plaza Cívica.

Para nosotros, los hombres del Gobierno Revolucionario, que hemos visto muchas reuniones del pueblo, esta es de tal magnitud que no deja de impresionarnos profundamente, y que nos hace ver la enorme responsabilidad que ustedes y nosotros llevamos sobre nuestros hombros.

El pueblo se ha reunido hoy para discutir importantes cuestiones, sobre todo de orden internacional. Pero, ¿por qué no ha quedado apenas nadie en su casa?, ¿por qué ha sido esta la más grandiosa reunión que ha celebrado nuestro pueblo, desde el triunfo de la Revolución? ¿Por qué? Porque nuestro pueblo sabe lo que está defendiendo, nuestro pueblo sabe la batalla que está librando. Y como nuestro pueblo sabe que está librando una gran lucha por su supervivencia y por su triunfo, y puesto que nuestro pueblo es un pueblo batallador y un pueblo valiente, por eso están aquí presentes los cubanos.

Y es lástima que hoy, cuando vamos a discutir aquí las mismas cuestiones que se discutieron en Costa Rica, no estuvieran aquí sentados los 21 cancilleres de América. Es lástima, es lástima que no se encuentren presentes para que tuvieran la oportunidad de ver al pueblo que condenaron en la reunión de Costa Rica. Es lástima que no se encuentren presentes para que pudieran comparar cuán distinto es el lenguaje diplomático de las cancillerías y el lenguaje de los pueblos.

Allá, desde luego, habló nuestro canciller en nombre de nuestro pueblo. Pero, los que lo escuchaban, en una parte considerable de los allí reunidos, no estaban representando a sus pueblos. Si allá, en Costa Rica, se hubiesen reunido hombres que representaran el interés verdadero y el sentir verdadero de los pueblos de América, sobre todo de los pueblos de América Latina, jamás se habría articulado una declaración como la que pronunciaron contra los intereses de un pueblo de América, y contra los intereses de todos los pueblos hermanos de América.

¿Y qué se estaba discutiendo allí? Se estaba jugando allí con el destino de nuestra patria; se estaba cohonestando allí las agresiones a nuestra patria; se estaba afilando allí el puñal que en el corazón de la patria cubana quiere clavar la mano criminal del imperialismo yanki.

Pero, ¿por qué querían condenar a Cuba? ¿Qué ha hecho Cuba para ser condenada? ¿Qué ha hecho nuestro pueblo para merecer la Declaración de Costa Rica? ¡Nuestro pueblo no ha hecho otra cosa que romper las cadenas! Nuestro pueblo no ha hecho otra cosa, sin perjudicar a ningún otro pueblo, sin quitarle nada a ningún otro pueblo, que luchar por un destino mejor. Nuestro pueblo no ha querido otra cosa que ser libre; nuestro pueblo no ha querido otra cosa que vivir de su trabajo, y nuestro pueblo no ha querido otra cosa que vivir del fruto de su esfuerzo; nuestro pueblo no ha querido otra cosa que sea suyo lo que es suyo, que sea suyo lo que es de su tierra, que sea suyo lo que es de su sangre, que sea suyo lo que es de su sudor.

Los cubanos no han querido otra cosa sino que sean suyas las determinaciones que guían su conducta; ¡que sea suya, y suya solo la bandera de la estrella solitaria que ondea en nuestra patria!

Que sean suyas sus leyes; que sean suyas sus riquezas naturales; que sean suyas sus instituciones democráticas y revolucionarias; que sea suyo su destino; y que ese destino no tiene derecho a interferirlo ningún interés por poderoso que sea, ninguna oligarquía y ningún gobierno por poderoso que sea.

Y debe ser nuestra la libertad, porque la libertad nos ha costado muchos sacrificios conquistarla; y debe ser nuestra y plena la soberanía, porque por la soberanía ha venido luchando nuestro pueblo desde hace un siglo; y debe ser nuestra la riqueza de nuestra tierra y el fruto de nuestro trabajo, porque por eso se ha tenido que sacrificar mucho nuestro pueblo; y todo cuanto hay aquí creado lo ha creado el pueblo; y todo cuanto hay aquí de riqueza, lo ha producido nuestro pueblo con su sudor y su trabajo.

Nuestro pueblo tenía derecho a ser un día pueblo libre; nuestro pueblo tenía derecho a regir un día sus propios destinos; nuestro pueblo tenía derecho a contar un día con gobernantes que no defendieran los monopolios extranjeros, con gobernantes que no defendieran intereses privilegiados, con gobernantes que no defendieran a los explotadores, sino con gobernantes que pusiesen los intereses de su pueblo y de su patria por encima de los intereses del extranjero voraz; con gobernantes que pusiesen los intereses del pueblo, los intereses de sus campesinos, los intereses de sus obreros, los intereses de sus jóvenes, los intereses de sus niños, los intereses de sus mujeres, los intereses de sus ancianos, por encima de los intereses de los privilegiados y de los explotadores.

Cuando la Revolución llega al poder el 1ro de enero de 1959, hace poco más de año y medio, ¿qué había en nuestra patria?; ¿qué había en nuestra patria como no fuesen lágrimas, sangre, miseria y sudor?; ¿qué había para nuestros campesinos en nuestra patria?; ¿qué había para los niños en nuestra patria?; ¿qué había para los trabajadores en nuestra patria?; ¿qué había para las familias humildes en nuestra patria?; ¿qué había imperado hasta ese día en nuestra patria? Había imperado la explotación más inhumana; había imperado el abuso, había imperado la injusticia; había imperado el saqueo sistemático de los fondos públicos por los políticos rapaces; había imperado el saqueo sistemático de las riquezas nacionales por monopolios extranjeros; había imperado la desigualdad y la discriminación; había imperado la mentira y el engaño; había imperado el sometimiento a los designios extranjeros; había imperado la pobreza.

Cientos y cientos de miles de familias vivían sin esperanzas en sus humildes bohíos; cientos y cientos de miles de niños no tenían escuelas; más de medio millón de cubanos no tenían trabajo, y los cubanos negros tenían menos oportunidad que nadie de encontrar trabajo; los guajiros vivían en las guardarrayas; los obreros cañeros trabajaban solo unos meses al año, y pasaban hambre, ellos y sus hijos, el resto del tiempo. El vicio, el juego, y todos sus análogos, imperaban en nuestro país; era explotado el agricultor; era explotado el pescador; era explotado el trabajador; era explotado el pueblo en su inmensa mayoría.
¿Por qué querían condenar a Cuba?

Para el pueblo no se hacía nunca nada; para el pueblo no se levantaba ninguna medida de justicia, para librar al pueblo de su hambre, para librar al pueblo de su pobreza, para librar al pueblo de su dolor y su sufrimiento; para librarlos a ustedes, ciudadanos cubanos, para librarlos a ustedes, hombres y mujeres, ancianos y niños, para librarlos a ustedes, a esta inmensa multitud que aquí se reúne, para librar a la nación cubana, para hacer algo por ella, para hacer algo en bien de ella, no se hacía absolutamente nada.

Y el pueblo tenía que soportar impotente; el pueblo tenía que pagar los alquileres más altos del mundo en nuestra patria; el pueblo tenía que pagar las tarifas eléctricas más altas del mundo en nuestra patria; el pueblo tenía que pagar los servicios telefónicos de acuerdo con los intereses de una compañía extranjera que le arrancó concesiones a un gobierno tiránico, cuando la sangre de nuestra heroica juventud estudiantil estaba aún caliente en los pavimentos del Palacio Presidencial.

En las reservas monetarias de la nación quedaban solamente 70 millones; nuestro país, en comercio desigual con Estados Unidos, había pagado en 10 años 1 000 millones de dólares más de los que ellos nos habían pagado a nosotros por nuestros artículos. No había fábricas, ¿quién iba a poner las fábricas para los cientos de miles de cubanos que estaban sin trabajo? No había planes de agricultura; no había planes de industria, ¿quién se iba a preocupar por poner industrias? ¿Y el pueblo, qué podía hacer?, ¿qué podía hacer el obrero azucarero?; ¿qué podía hacer el obrero cañero?; ¿qué podía hacer el trabajador?

Al trabajador no le quedaba más que su mísero salario; al trabajador no le quedaba más que el pedazo de pan que escasamente podía llevar a sus hijos hambrientos. Las ganancias se las llevaban los monopolios extranjeros, las ganancias las acumulaban los poseedores…; las ganancias las acumulaban los intereses que se nutrían a costa del trabajo del pueblo. Y ese dinero, o se guardaba indefinidamente en los bancos, o se invertía en todo género de lujos, o, principalmente, marchaba al extranjero.

¿Quién iba a poner las fábricas para los cientos de miles de cubanos que estaban sin trabajo? Y como la población cubana crecía, y como cada año más de 50 000 jóvenes arribaban a la mayoría de edad, ¿de qué iban a vivir? ¿De qué iba a vivir la población creciente de nuestra patria? ¿De qué iban a vivir los campesinos, los hijos de los campesinos, cuando ellos no tenían ni trabajo ni tierra? ¿De qué iba a vivir una población que se multiplicaba, y cuyo crecimiento humano era mucho mayor que el crecimiento de su industria y de su economía?

El pueblo carecía de todas las oportunidades. ¡Ah, el hijo del campesino, o el hijo de un obrero, el hijo de una familia humilde cualquiera, muy difícilmente podía aspirar a llegar a ser algún día un profesional, un médico, un ingeniero, un arquitecto o un técnico universitario! Había hijos de familias pobres que, a costa de extraordinarios sacrificios, podían llegar a los estudios superiores, pero la inmensa mayoría de los hijos de nuestras familias muchas veces no tenían oportunidad siquiera de aprender las primeras letras, y había regiones enteras de Cuba donde nunca habían visto un maestro.

Nuestro pueblo no tenía acceso sino al trabajo, ¡si lo encontraba! Para nuestro pueblo quedaba siempre lo peor; para nuestro pueblo no había nunca un campo de recreo; para nuestro pueblo no había nunca una calle; para nuestro pueblo no había nunca un parque, y había muchos pueblos donde si había algún parque, a unos ciudadanos —los ciudadanos negros—, no los dejaban pasear en ellos.

Eso fue lo que encontró la Revolución al llegar al poder: un país económicamente subdesarrollado, un pueblo que era víctima de todo género de explotación. Eso fue lo que la Revolución encontró después de una lucha heroica y sangrienta. Y las revoluciones no se hacen para dejar las cosas como están; las revoluciones se hacen para rectificar todas las injusticias.

Las revoluciones no se hacen para proteger y apañar privilegios; las revoluciones se hacen para ayudar a los que necesitan ser ayudados; las revoluciones se hacen para implantar la justicia, para ponerle fin al abuso, para ponerle fin a la explotación. Y nuestra Revolución se hizo para eso, y con ese fin cayeron los que cayeron. Y para lograr ese propósito se hicieron tantos sacrificios.

La Revolución venía a arreglar la patria; la Revolución venía a hacer lo que hacía mucho tiempo que cada cubano estaba pidiendo que se hiciera. Cuando cada cubano analizaba impotente la vida de nuestro país y el cuadro en que se desenvolvía la vida nacional, siempre decía una cosa: “Esto hay que arreglarlo, hace falta que esto se arregle; hace falta que algún día esto se arregle.” Y los más optimistas decían: “Algún día esto se arreglará.”

Por arreglar a su país venían luchando desde hace mucho tiempo los cubanos. Pero había una fuerza muy poderosa que nos impedía arreglar nuestro país. Esa fuerza era la penetración imperialista de Estados Unidos en nuestra patria; esa fuerza fue la que frustró nuestra plena independencia; esa fuerza fue la que no dejó penetrar a Calixto García y a sus bravos soldados en Santiago de Cuba; esa fuerza fue la que impidió al ejército libertador hacer la revolución en los inicios de la república; esa fuerza fue la que determinó, desde los primeros momentos, los destinos de nuestra patria; esa fuerza fue la que permitió el apoderamiento de los recursos naturales y de las mejores tierras de nuestra patria, por intereses extranjeros; esa fuerza fue la que se arrogó el derecho a intervenir en los asuntos de nuestro país; esa fuerza fue la que aplastó cuantas revoluciones trataron de hacerse; esa fuerza fue la que se asoció siempre a todo lo negativo, a todo lo reaccionario y a todo lo abusivo que había en nuestro país. Esa fuerza fue la que impidió que en nuestra patria se hubiera hecho una revolución antes. Y esa fuerza es la que nos trata de impedir que nosotros arreglemos a nuestro país ahora.

Esa es la fuerza que mantuvo a la tiranía; esa fuerza fue la que entrenó a los esbirros de la tiranía, la que armó a los soldados de la tiranía, la que facilitó armas, aviones y bombas al régimen tiránico, para mantener a nuestro pueblo en la peor opresión. Esa fuerza ha sido el enemigo principal del desarrollo y del progreso de nuestra patria; esa fuerza ha sido la causa principal de nuestros males; esa fuerza es la que se empeña en que la Revolución Cubana fracase; esa fuerza es la que se empeña en que los criminales de guerra vuelvan, en que los explotadores vuelvan, en que los monopolios vuelvan, en que los latifundios vuelvan, en que la miseria vuelva, en que la opresión vuelva a nuestra patria.

Las revoluciones se hacen para rectificar las injusticias

Los cubanos tienen que ver con mucha claridad que el imperialismo, que es esa fuerza a que nos referíamos, trata de impedir que nuestro pueblo alcance su pleno desarrollo; tienen que comprender que esa fuerza no quiere que ustedes, los cubanos, puedan alcanzar un estándar de vida más alto; no quiere que sus hijos se eduquen; no quiere que nuestros obreros perciban el fruto de su trabajo; no quiere que nuestros campesinos perciban el fruto de su tierra; no quiere, en fin, que nuestro pueblo pueda crecer, que nuestro pueblo pueda trabajar y que nuestro pueblo pueda tener un destino mejor.

Nuestro pueblo no había tenido oportunidad hasta hoy de comprender estas grandes verdades. A nuestro pueblo le ocultaban la verdad, a nuestro pueblo lo engañaban miserablemente, a nuestro pueblo lo mantenían dividido y confundido. Nuestro pueblo no había tenido oportunidad nunca de discutir estos problemas de tipo internacional; el pueblo no sabía una palabra de lo que conversaba el embajador norteamericano con los gobernantes; el pueblo no sabía una palabra de lo que tramaban los cancilleres; el pueblo no contaba para nada; al pueblo no se le reunía para darle cuenta de sus problemas; al pueblo no se le reunía para orientarlo, al pueblo no se le reunía para decirle la verdad. Los destinos de nuestros pueblos eran decididos en la cancillería norteamericana; nuestro pueblo no contaba para nada en los destinos del país.

¿Podía Cuba seguir resignada a esa suerte? ¿Podían los cubanos seguir soportando aquel sistema? ¿Qué han hecho los cubanos? Lo único que han hecho los cubanos es rebelarse contra todo eso; lo que han hecho los cubanos es liberarse de todo eso.

En su empeño de hacer fracasar la Revolución, comenzaron por calumniarla, comenzaron por hacer una campaña contra ella en todo el mundo, para aislarnos de los pueblos hermanos del continente y para que el mundo no supiera lo que nuestra Revolución estaba realizando.

Después, cuando fracasaron los intentos de desacreditar a la Revolución, de dividir a la Revolución, y de frenar a la Revolución, comenzaron las agresiones más o menos directas, comenzaron los bombardeos a nuestros cañaverales, comenzaron las incursiones aéreas sobre nuestro territorio, continuaron las maniobras para dejarnos sin petróleo, y concluyeron agrediendo nuestra economía y arrebatándonos casi un millón de toneladas de nuestra cuota azucarera.

Esa era una política agresiva contra nuestro país; era un acto que violaba el derecho internacional; era un acto que constituía una agresión económica a un país pequeño, a fin de hacerlo desistir en su propósito revolucionario; era una agresión económica para obtener un resultado político. La nación más pequeña había sido agredida; la nación pequeña había visto sus campos bombardeados e incendiados por aviones que procedían de Estados Unidos.

Era lógico que en cualquier reunión de cancilleres no se fuese a condenar a Cuba; era lógico que en cualquier reunión de cancilleres se condenase a Estados Unidos por sus agresiones a un país pequeño. Lo absurdo era que el país pequeño fuese a ser condenado por los cancilleres, precisamente para servir los designios del poderoso país agresor. Y eso es lo que vamos a discutir hoy en esta asamblea general nacional del pueblo de Cuba.

En primer lugar, ¿por qué es esta una asamblea general del pueblo? ¿Qué quiere decir esto de una asamblea general del pueblo? Quiere decir, en primer lugar, que el pueblo es soberano, es decir que la soberanía radica en el pueblo y que de él dimanan todos los poderes. El pueblo de Cuba es soberano. Nadie podría discutir que aquí está representada la mayoría del pueblo; nadie podría discutir que aquí está representado el pueblo. En los anales de la historia de nuestra patria jamás se reunió semejante multitud; en los anales de la historia de nuestra patria jamás se vio un acto semejante; en los anales de la historia de América jamás se reunió semejante multitud; en los anales de la historia de América jamás se vio un acto semejante.

Los cubanos podemos hoy hablarle a América; los cubanos podemos hoy hablarle al mundo. Aquí no se ha reunido un grupito de “sargentos” políticos; aquí no se ha reunido un puñadito de mercenarios; ¡aquí se ha reunido hoy el pueblo! Los que quieran saber lo que es un pueblo reunido, ¡que vengan y vean esto!; los que quieran saber qué es un pueblo democrático, ¡que vengan y vean esto!; los que quieran ver lo que es un pueblo rigiendo sus propios destinos, ¡que vengan y vean esto!; los que quieran saber qué es una democracia, ¡que vengan y vean esto!

Nosotros hoy podemos hablarle a América y al mundo, porque le hablamos con la palabra… Podemos hablarle a América y al mundo, porque no habla un grupo de hombres que diga representar a un pueblo, como hablaron los que dijeron representar allí a los pueblos hermanos de América. ¡Podemos hablarle a América con la voz, con la aprobación y con el apoyo de una nación entera! Y los que en América, los que en América digan que hablan en nombre de sus pueblos, ¡que reúnan a sus pueblos! Los que en América dicen que representan a los pueblos y que fueron allá, a Costa Rica, a hablar en nombre de sus respectivos pueblos, ¡que reúnan a sus respectivos pueblos! Los que en América, los que en América se llaman demócratas, ¡que reúnan a sus pueblos, como lo hemos reunido nosotros hoy aquí, para tratar con sus pueblos los problemas de América!

Y para que los acuerdos de cualquier congreso internacional tengan validez, es necesario que cuenten con la aprobación del pueblo. Si ellos quieren que nosotros acatemos los acuerdos de Costa Rica, ¡que los sometan a la aprobación de sus respectivos pueblos!

Es un principio, es un principio elemental de derecho público, que ningún canciller puede comprometer a su país en actos de derecho internacional, si ese acto no cuenta con la aprobación del pueblo. Un representante de cualquier país no va a una reunión internacional por su propio derecho. Nadie tiene derecho por su propia cuenta a comprometer la conducta internacional de un país, y los que van sin representar a los países, a comprometer la conducta de los países, no comprometen tal conducta.

Todo acto que se haga por encima de la voluntad soberana de los pueblos, es un acto nulo, carece de validez. Por tanto, la validez de la declaración de Costa Rica depende no de los cancilleres, depende de los pueblos, y al pueblo de Cuba no le pueden venir con el cuento de que esa declaración tenga validez, porque ellos dicen representar a los pueblos, ¡no!, a nosotros hay que probarnos que ese es el sentimiento de los pueblos.

Y nosotros le pedimos al gobierno de Venezuela, al gobierno de Perú, al gobierno de Chile, al gobierno de Argentina, al gobierno de Brasil, al gobierno de Ecuador, al gobierno de Costa Rica; es decir, les pedimos, respetuosamente, a los gobiernos de América que convoquen a sus pueblos en asamblea general y les sometan la Declaración de Costa Rica.

Y que no digan, que no digan que no pueden; ¡estamos hablando democráticamente, estamos hablando democráticamente!, porque nosotros sí podemos hablar de democracia; nosotros sí que enseguida reunimos al pueblo y que el pueblo decida. Porque, ¿por qué el Presidente de Venezuela no reúne al pueblo? Nosotros invitamos respetuosamente al Presidente de Venezuela a que reúna en Caracas al pueblo de Venezuela y le someta la Declaración de Costa Rica. Nosotros invitamos, respetuosamente, al Presidente de la Argentina a que reúna en Buenos Aires, en asamblea general, al pueblo de la Argentina y le consulte, como nosotros lo estamos haciendo aquí, sobre la Declaración de Costa Rica.

Nosotros invitamos, respetuosamente, al gobierno de Uruguay a que reúna en la capital de su país al pueblo de Uruguay y lo consulte sobre la Declaración de Costa Rica. Nosotros invitamos, respetuosamente, al gobierno de Chile a que reúna en la capital —¡no, ustedes no digan nada! ¡Vamos a esperar a ver si lo reúnen!—, que reúnan al pueblo de Chile en la capital y lo consulten sobre la Declaración de Costa Rica.

Invitamos, así, al gobierno de Perú, al gobierno de Ecuador, y ya no hablar, por supuesto, del gobierno de Nicaragua, o de Guatemala, o de Paraguay, porque ya eso es una broma, ya eso es una broma. ¡No, no voy a hablar de esos gobiernos tiránicos, como el de Nicaragua ni el de Paraguay, no, no! ¡Vamos a hablar de esos que se llaman gobiernos democráticos y democracia viene de pueblo! ¡Democracia quiere decir gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo!
Gobierno del pueblo

Y el que no reúna al pueblo, el que no reúna al pueblo, ¡ese no es demócrata!; el que no consulte al pueblo, ¡ese no es demócrata! ¡Para ser demócrata hay que consultar al pueblo! Y esta sí que es una representación, porque aquí no hay “pucherazo”, ni hay fraude, ni hay voto comprado, ni hay sargento político, ni hay maquinaria, ni hay botella, ni hay nada; ¡esto sí es puro! Esta sí que es una democracia limpia de impurezas, limpia de impurezas, es una democracia verdaderamente “pasteurizada”. Y que no nos digan que la otra es más democracia que esta; que la democracia del sargento político, del “pucherazo”, de la botella, de la politiquería, del soborno, de la compra de conciencias, de la coacción, de la maquinaria política, es más pura que esta.

¿Puede haber algo más puro que una reunión de todo el pueblo? ¿Alguien le pagó al pueblo para que viniera? El que vino aquí y está pasando el trabajo que están pasando ustedes, porque nosotros sabemos que en una multitud apretada son muchas las personas que se desmayan, y son muchas las personas…

Nosotros sabemos la sed que ustedes están pasando, nosotros sabemos el sacrificio que ustedes están haciendo. Cuando cualquiera de ustedes viene desde tan remotos lugares como la provincia de Oriente, o la provincia de Camagüey, o de Las Villas, o de Matanzas, o del interior de La Habana, o de los barrios más apartados de la capital, viene aquí, se está horas y horas y permanece a pie firme, hace todos esos sacrificios, lo está haciendo absolutamente espontáneo, lo está haciendo de manera absolutamente espontánea.

Cada uno de ustedes siente que ese es su deber y viene aquí porque entiende que ese es su deber, y que ustedes tienen deberes grandes con su patria, y que ustedes tienen que defender su patria, y que ustedes tienen que poner el nombre de su patria bien alto, y que ustedes tienen que levantarse contra la calumnia.

Y porque ustedes saben, ustedes saben que tenían que enviarles un mensaje a los pueblos hermanos de América, y porque ustedes saben que tenían que darle una respuesta a la Declaración de Costa Rica, y porque ustedes saben que el pueblo entero debía decir presente, porque es un pueblo consciente de sus deberes, porque es un pueblo que siente cómo está realizando un gran rol histórico, que siente cómo está defendiendo una causa muy noble, que siente cómo se ha convertido en la antorcha de 200 millones de seres humanos que padecen hoy las mismas cosas que ustedes estaban padeciendo antes aquí.

¡Ah!, ¿qué quiere decir eso? Que el pueblo marcha unido, porque el pueblo sabe que sus intereses son los que cuentan, que su voluntad es la que cuenta, que en su patria hoy no se hace absolutamente nada, como no sea para su bien.

Y así deben ser todos los gobernantes, todos los gobernantes deben existir para hacerle el bien a su pueblo, ¡no para robar, no para saquear, no para vender a su pueblo, no para traicionar a su pueblo!

Y por eso, por eso nosotros, que sí podemos hablar en nombre de la democracia, es que planteamos esto, y se lo planteamos a los gobiernos de América, y nosotros esperamos que no se ofendan por esto, porque nosotros no les estamos planteando nada malo, nosotros no les estamos planteando nada más, que reúnan al pueblo y que todo el pueblo reunido diga la última palabra sobre la Declaración de Costa Rica, y si el pueblo no le da su aprobación, ¡la Declaración de Costa Rica no tiene validez para nosotros! Y esperamos que ningún gobierno demócrata de América se ponga bravo porque nosotros le pidamos que reúna al pueblo.

Ya que dicen que somos nosotros los que nos estamos apartando de la familia norteamericana, nosotros les estamos diciendo que no, que los que se han apartado de la familia norteamericana, es decir, la familia latinoamericana, para asociarse al imperio yanki explotador son los que fueron allí a Costa Rica, esos sí se están apartando de la familia latinoamericana, ¡nosotros no! Al contrario, nosotros queremos que nuestra familia, los pueblos de América Latina, se reúnan y digan la última palabra, porque esa sí es nuestra familia, ¡los pueblos de América Latina sí son nuestra familia!

(CubaDebate)

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