Cuando “para toda la vida” tiene fecha de caducidad

Cuando “para toda la vida” tiene fecha de caducidad

La Habana, 5 sep.- Una y otra vez Belisa pincha con un alfiler al pequeño Camilito cuando le cambia el culero. La misma Belisa que quema el pollo y, según su suegra, sala de más los frijoles; que tiene la casa virada al revés, llena de juguetes por todas partes, y no sabe que los pañales se enjuagan antes de hervirlos. La misma que ansía salir, al menos un rato, a una fiesta.

Belisa podría ser cualquier madre primeriza, sin importar su edad, pues la maternidad no viene con manual ni se asume ni desempeña igual en todos los casos. Sin embargo, el desconocimiento, las “torpezas”, se ven agudizados por dos factores: primero, es una adolescente que, por demás, no planificó su embarazo; segundo, está ocupándose de su bebé prácticamente sola.

Lo anterior es apenas una pincelada de “Para toda la vida”, telefilme con dirección de Magda González Grau y guion de Amílcar Salatti, presentado en el espacio Una calle mil caminos el último sábado. Una ficción televisiva muy ilustrativa si tenemos en cuenta que en Cuba, el año pasado, los índices de fecundidad adolescente superaron los 52 nacimientos por cada mil muchachas entre 15 y 19 años (incluyendo algunas niñas menores de esa edad). No es solo una cifra alta para un país con un desarrollo elevado de los servicios educacionales y de salud pública, que son gratuitos y accesibles, sino preocupante, pues su aporte a la fecundidad total no ha disminuido significativamente en veinte años.

Las madres adolescentes fueron cerca del 16 por ciento de las mujeres que dieron a luz en 2019 en el país; de ellas, el 82 por ciento se encontraba entre los 15 y los 19 años, concentrándose sobre todo en el grupo de 15 a 17. Así, el caso de Belisa, estudiante de preuniversitario que salió embarazada y tuvo su bebé antes de concluir el duodécimo grado, es prototípico.

Quizás menos característico es su contexto: reside en una zona urbana, no tiene malas condiciones socioeconómicas y sus relaciones familiares, si bien geográficamente distantes, no resultan desfavorables. Mas, ese escenario no la hizo inmune a ser madre antes de lo que pensaba. Como tampoco, aunque pudiera ayudar, garantiza un ejercicio de la maternidad idílico.
De madre, ¿y de padre?

Belisa luce agotada, sobrepasada a ratos por la situación. Lo que comienza pareciendo una carga más o menos compartida termina por recaer exclusivamente sobre ella. Abel prefirió no pedir una licencia en la universidad y, cuando los exámenes empiezan a exigirle más tiempo de estudio, el tiempo de paternidad disminuye.

– Yo creo que tú deberías apoyar un poquito más a Abel, Belisa.

– ¿Eso qué quiere decir?

– Quiere decir, mi amor, que tú haces una sola cosa y él hace dos, o más bien tres: estudiar, ser papá y salir a buscar el dinero para ustedes.

En tanto ella tuvo que, sin remedio, poner su continuidad escolar en incertidumbre, la madre de él y él mismo se empeñan en que curse la carrera sin interrupciones. La prioridad –parece ser el mantra de ambos durante todo el dramatizado– es que no pierda el año lectivo.

Y no se trata de que si uno se afecta deberían afectarse los dos, o de que, si la adolescente debió poner su vida en pausa un año, el padre tiene que hacer lo mismo. La palabra de orden no es solidaridad, tampoco empatía. Es responsabilidad.

Las tareas domésticas, tan menospreciadas por la cultura patriarcal, se multiplican exponencialmente cuando llega un nuevo miembro a la familia. De esa forma, «la sola cosa» que hace Belisa incluye cocinar, fregar, lavar, limpiar, amamantar a un niño cada tres horas, cambiarlo, dormirlo hasta que el brazo se le acalambra, velar porque no le suceda nada y así hasta el infinito… Camilito es hijo de los dos, sin embargo, mientras ella dedica su día entero a él y no le alcanza, Abel, cada vez más, se distancia de sus deberes familiares.

Ni desinterés, ni desafecto: prioridades distintas. Lo que se avizoraba desde el inicio de la historia se confirma cuando la abuela materna, de visita en La Habana, presenta la posibilidad de llevarse al niño con ella a Camagüey para que una tía lo cuide y ambos jóvenes puedan continuar su vida «como si nada». La reacción furiosa de la muchacha ante la propuesta es contrastada por el alivio del padre del bebé que, sin dudarlo, ve en esa la solución a todos sus problemas.

A partir de ahí, el vínculo amoroso entre ambos se tensa, se rompe, amaga con arreglarse, pero el daño está hecho de forma irreparable. Cada oportunidad de reconsiderar su postura que ella le ofrece es, en esencia, rechazada por él.

– Cuando pasó lo que pasó, aquí en esta misma sala me dijiste que nosotros nos amábamos lo suficiente para echar pa’lante y entre los dos criar al niño que venía. ¡Entre los dos! Y ya ves, de eso no queda nada.

Y es que el amor parece no ser suficiente. De acuerdo con Matilde Molina, subdirectora del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana (CEDEM), la disfuncionalidad de las familias formadas por madres y padres adolescentes es extremadamente común; resulta que la mayoría de las madres menores de 20 años desempeñan su nuevo rol solas, pues, incluso cuando comienzan el embarazo con una pareja que lo asume, casi siempre ocurre la disolución de esta.

“En esa edad se produce un distanciamiento entre la familia y el adolescente, que aquí se acorta por las propias condiciones en las cuales se necesita apoyo familiar para dar un curso adecuado a la crianza y educación del bebé. Respecto a la pareja, la comunicación se deteriora en la medida que avanza la relación y se presentan los eventos normales de una familia. Vemos que la relación con la familia se hace más sólida, pero la relación con la pareja se deteriora cada vez más”, explica la especialista.

Tal cual, Abel admite que la situación lo superó y, como si eso fuera suficiente, de un segundo plano pasa a un plano incierto en lo referente al cuidado de su hijo. No llega a desentenderse, pero su presencia se vuelve ocasional y la madre, también superada, realiza las labores de los dos.

-Si yo asumo lo que me toca con Belisa y con Camilito no me van a dar las fuerzas para continuar con la universidad.

-¿Tú me estás diciendo que, entre la universidad y tu familia estás escogiendo la universidad?

El final de la propuesta habla de un niño que crecerá lejos de su padre, un padre que, a pesar de las alertas de su progenitor, no llegó a entender nunca que la universidad podía aplazarse, mientras la familia no. Aunque queda claro que ninguno escogió tener un bebé, ante el imperativo de las circunstancias ella creció, no solo por resignación, también por el lazo que la unía a su hijo, y él eligió evadir un vínculo de por vida.

Lo que debería haber significado lo mismo para ambos fue asumido de formas diferentes. Podríamos hablar de madurez, pero no se aplica, pues Belisa es incluso más joven que Abel. ¿Qué pasa entonces? Quizás el viejo «padre es cualquiera, madre, una sola» que tanto daño ha hecho no solo al devaluar a los buenos padres –que son muchos y ejercen sus funciones sin considerarse personal de apoyo– sino a las madres, herederas de una tradición que las sitúa como las imprescindibles, las estoicas, mientras ellos cuentan con la salida de verse «superados por la situación».

De tal forma, la ficción trae a debate no solo la fecundidad adolescente, también las maternidades y paternidades responsables, que prueban ser más que una cuestión de

Tres momentos:

Primero, una pareja intenta tener sexo sobre la meseta de la cocina al más puro estilo de cualquier comedia romántica… si no fuera porque el llanto de un bebé los interrumpe. A partir de entonces, hasta casi el final de la historia, cinco meses después, no se repite nada similar.

Segundo, ella propone que la abuela paterna del niño se quede con él una tarde para ir una fiesta. Ante la negativa, los novios salen con el bebé. Lo que comienza como un rato de esparcimiento termina en discusión.

Tercero, él acepta cuidar por algunas horas al pequeño, que ya no lacta, casi a regañadientes. Ella va a una piscina, se divierte, pero la actividad reafirma los cambios que ha sufrido su vida: se siente incómoda con su cuerpo; no logra mantener el interés de un desconocido luego de decirle que es madre.

Los eventos retratados por el telefilme beben directamente de la realidad. Al decir de Matilde Molina, las rutinas que antes del embarazo propiciaban un desarrollo psicológico armónico en la adolescente, luego del parto se transforman en realidades de deserción escolar, vida de ama de casa y actividades informales totalmente pasivas, como ver televisión, conversar con la pareja y la familia.

Los tiempos de esparcimiento ceden paso a la rutina y los deberes durante una etapa en que la diversión es harto importante. Las prioridades cambian a la fuerza y, lo que es peor, sus consecuencias negativas pueden ser a largo plazo.

“Cuando salen embarazadas, la mayoría está estudiando, pero en cuanto se embarazan casi todas dejan de estudiar o de trabajar, en el caso de las de más de 17 años que pudieran estar vinculadas al trabajo. Eso las pone en una situación totalmente vulnerable, porque se quedan sin opción para capacitarse y entrar en un mercado laboral competitivo”, refiere la subdirectora del CEDEM.

– Hija, ¿tú vas a seguir estudiando o te vas a poner a trabajar?

– Bueno, mami, quiero terminar el 12, después veré.

– No, después a seguir estudiando. Y hasta la universidad. A fin de cuentas, esos eran tus planes.

– Sí, pero esos planes…

Encaran la maternidad en condiciones de dependencia económica y el abandono de los estudios amenaza con perpetuar ese estatus. La imposibilidad de avizorar un futuro más allá de lo inmediato lleva muchas veces a optar por alternativas que, si no se reconducen por un núcleo familiar que apoye y estimule la reincorporación a la vida escolar, se tornan definitivas.

“La actividad que condiciona y favorece el desarrollo de un pensamiento teórico conceptual en la adolescente es el estudio; por eso tenemos que hacer énfasis en buscar estrategias que garanticen la continuidad de la muchacha en la educación, no solamente para alcanzar un grado determinado y lograr un adecuado empleo, sino también porque es lo que le permite luego reflexionar y tomar de decisiones acertadas en el momento que las necesite”, continúa la demógrafa.

Animada por su madre y una amiga, Belisa comienza a revisar libretas, a pensar en regresar al preuniversitario, quizás incluso en estudiar la añorada carrera de Medicina. El jarro de agua fría llega cuando le dicen que, si el niño no camina, no puede entrar al círculo infantil. Entonces, ¿qué hacer?
***

Un guion muy bien conseguido, en el cual prima la verosimilitud por encima de lo edulcorado, es probablemente la mayor fortaleza del telefilme que, con una dirección y fotografía a la altura del argumento, logra mantener la expectativa durante 74 minutos que se disfrutan y sufren a partes iguales.

La estrella absoluta del material, Paula Rodríguez Massola, se mide con compañeros de casting consagrados como Luisa María Jiménez, Patricio Wood y su propia madre, Edith Massola, sin ceder en ningún momento el protagonismo. Un personaje conmovedor –más aún por su entereza y madurez cuasi sorprendentes– tan bien interpretado, que la coloca en la lista de actores y actrices cubanos en formación dignos de seguir de cerca.

No resulta ocioso mencionar la buena factura y realización de «Para toda la vida» cuando aborda un tema tantas veces (mal) tratado por la industria del entretenimiento nacional. El acercamiento al asunto desde una perspectiva inteligente, realista y feminista debería ser un imperativo y no, lamentablemente, una distinción, pero que además se logre de forma atractiva deviene mérito, cuando muchos de los trabajos que se adentran en temas tan delicados terminan convirtiéndose en ensayos didáctico-moralizantes, incapaces de captar la atención del espectador.

En algunos casos de forma explícita y en otros con sutileza, el metraje alude a las consecuencias de las conductas sexuales desprotegidas, los conflictos de formar una familia en edades tempranas, las brechas entre maternidades y paternidades, la importancia de los abuelos e incluso las negligencias que ponen en riesgo a los bebés, en un contexto en el cual el 30 por ciento de los niños menores de un año que fallecieron durante 2019 en el país eran hijos de madres adolescentes, según datos ofrecidos por la doctora Francisca Cruz, coordinadora del Grupo Nacional de Atención Integral a la Adolescencia, perteneciente al Ministerio de Salud Pública.

“Sin final feliz”, sentenció la presentadora de Una calle mil caminos al cierre del programa, después de que Para toda la vida desinflara cualquier burbuja romántica que hubiésemos creado en torno a la posibilidad de reconciliación entre Belisa y Abel o, al menos, entre Abel y sus responsabilidades parentales. Mas, también es felicidad la última escena de la ficción: Belisa se despide de su madre y su hijo. Nerviosa, camina hacia la cámara. Su semblante tenso, poco a poco, cede paso a una sonrisa. Viste el uniforme azul de preuniversitario.

Nota: Las declaraciones de las especialistas y los datos empleados en la realización de este texto son tomados del foro debate, coordinado por la oficina del Fondo de Población de Población de Naciones Unidas en Cuba, realizado a propósito de la presentación del Informe Mundial de Población 2020.

(CubaDebate)

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