Héctor Olivera, el primer bateador de 400

Héctor Olivera, el primer bateador de 400

La Habana, 16 nov.- El primer hijo de Pedro Lázaro Olivera y Mirtha Rosa González fue noticia desde el día que nació en Cruces, pues pocas veces se veía un recién nacido de tanto peso en esa región de la entonces provincias Las Villas. Luego sería titular periodístico por lanzar dos partidos sin hit ni carreras y un juego perfecto. Pero como más se le recuerda, en su pueblo natal y en toda Cuba, es por haber sido el primer bateador en promediar por encima de 400 en un campeonato de béisbol tras el triunfo de la Revolución.

Pocos quizás conozcan que además de estudios y travesuras propias de niños, Héctor ayudó a sus padres en labores agrícolas para garantizar el sustento de la familia hasta que fue captado en 1966 para practicar atletismo en una escuela deportiva. Pero lo suyo no era correr pistas, sino vivir entre bolas y strikes a partir de un talento natural desarrollado en los piquetes del barrio, sobre todo para lanzar bien y duro; para batear con oportunidad y constancia.

Durante la categoría 13-14 años, Olivera impresionaba por su velocidad, un arma letal que le facilitó el primer no hit no rum de su carrera. Vestía el uniforme de Las Villas y su víctima eran los pequeños de Vegueros, a quienes les propinó a 14 ponches. Por cierto, similar cifra de jugadores también abanicó en la categoría superior 15-16 años, con la particularidad de hacerlo de manera consecutiva en un desafío contra Granjeros, en el cual terminó con 17 estrucados en siete entradas.

La etapa escolar terminó con su segunda blanqueada sin indiscutibles ante Matanzas. Corría el año 1969 y sin tiempo para perder, fue llamado a las filas de su primer equipo nacional para representar a Cuba en el campeonato mundial juvenil de 1970 en Maracaibo, Venezuela. Diez días después de su cumpleaños 17 tatuó para la historia su nombre al tirarle juego perfecto al conjunto de Honduras. De los 27 enfrentados, 15 fueron de caja de bateo al banco y solo 12 pudieron adivinarle una recta que ya muchos señalaban sobre las 90 millas.

Bajo la sombrilla de ser una promesa integral en el box, ponchador por excelencia y brazo fresco, Héctor Olivera debutó en la XI Serie Nacional y festejó el segundo título en línea de los Azucareros (tercero en cuatro años), aunque apenas trabajó una entrada. Pero todo cambiaría en la temporada siguiente, cuando el brazo comenzó a inflamársele, las molestias no cedían y aceptó una recomendación de Pedro Pérez, un sabio en estos menesteres. “Vas para los jardines, tú bateas mucho y en la pelota el que batea…”

La decisión certera arrojó promedio de 296 con 47 sencillos en 159 turnos al plato en esa campaña. En lo adelante, alternaría entre los jardines y la inicial para poder jugar y aprovechar su ofensiva, hasta que le acomodó mejor el puesto de bateador designado, instaurado en nuestras justas de casa en 1977, cuatro años más tarde que lo hiciera la Liga Americana de las Grandes Ligas.

Héctor Olivera junto a su hijo. Foto: Archivo Vanguardia.

Olivera era infaltable en las alineaciones, tanto en el torneo regular como en las nacientes Series Selectivas desde 1975. Una temible banda de Las Villas agrupaba, entre otros, a Alberto Martínez, Pedro José Rodríguez, Antonio Muñoz, Pedro Jova y al propio Héctor Olivera. Dobles, triples, jonrones y la victoria en el certamen elite de 1978 encontró partidarios y más sonrisas felices en la región central.

Y finalmente llegó la VI Selectiva, 1980. Todo lo que golpeaba el corpulento designado villaclareño caía en territorio de nadie. Hit, doble, triple, jonrones. El promedio nunca bajó de 400 y estaba casi intratable. A todos los lanzadores les conectaba con facilidad. Estadísticos, locutores, entrenadores, jugadores, nadie podía comprender el astronómico average ¡!!459!!! Con 67 incogibles en 146 veces al bate.

Tal desempeño lo catapultó directo al equipo Cuba con visa hacia Tokío, Japón, para disputar el único campeonato mundial en que intervino, y del que regresó monarca. Asimismo, en 1981 también vistió el honroso uniforme de las cuatro letras para la Copa Intercontinental de Edmonton, Canadá, de donde volvió subtitular al caer contra Estados Unidos en la porfía por el oro. Estas dos lides más par de topes amistosos en Nicaragua y México son los únicos torneos internacionales en su hoja de servicio.

Para algunos se fue injusto en muchas ocasiones con él para integrar el principal plantel, para otros el hecho de ser un bateador designado clásico sin muchas posibilidades de jugar a la defensa por encima de otros más integrales acabaron arruinando ese amor por el béisbol de uno de los hijos más ilustres de Cruces, que con solo 13 temporadas, 316 de average, 78 cuadrangulares, 854 hits, 488 impulsadas y 337 anotadas se marchó en 1984 de los terrenos.

No obstante, el legado de Héctor Olivera en cuanto al astronómico récord de bateo resulta suficiente para recordarlo siempre. Esa cifra solo pudo ser superada 17 años más tarde por el capitalino Javier Méndez, quien terminó con 462 en la II Copa Revolución en 1997. Siete años más tarde, el tunero Osmani Urrutia impuso otra cota en los libros al compilar 469 en la cuadragésimo tercera Serie Nacional, felicidad que rompiera en el 2016 Yulieski Gurriel con 500 exacto de average.

Es oportuno aclara que si bien Olivera fue el primero en superar el mítico promedio de 400 en un campeonato cubano de béisbol oficial, el pinareño Omar Linares lo imitó en Series Nacionales, al conseguir 405 en 1985. Además, el propio antesalista vueltabajero es el que más veces consiguió hacerlo con seis, por cinco Urrutia; en tanto el pinero Michel Enríquez lo vivió en tres ocasiones.

Más allá de las cuatro décadas del récord de Olivera, la huella sembrada por él se transmitió a su hijo, otrora segunda base de los equipos santiagueros y de las selecciones nacionales, y a todos los que todavía avivan esa forma de jugar y entregarse que tenía el hijo mayor de Pedro Lázaro Olivera y Mirtha Rosa González.

(CubaDebate)

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