Cuba salva, pero la familia tiene que salvarse primero

Una madre que llora frente a la desgracia del hijo enfermo y con peligro para su vida siempre conmueve y lleva a la compasión al resto de quienes saben que ese llanto sincero sale del alma y del temor de perder una parte de su vida, un ser que vio salir de sí misma y que le ha robado los mejores momentos de su existencia.

Una madre que llora y se arrepiente de no haber puesto a tiempo esa barrera de la responsabilidad frente al peligro de la vida y la posibilidad de la muerte debe convertirse en motivo de reflexión para el resto de la sociedad en todo momento, mucho más cuando se conoce la existencia de un mal que acecha a la sombra, sin que nadie pueda ver por dónde se mueve, quién lo porta, dónde se aloja y en qué momento puede atacar de manera implacable.

Duele y duele mucho cuando vemos en imágenes a esos niños que afectados por la pandemia de la COVID-19, reflejan en su mirada la tristeza de la reclusión hospitalaria y el miedo por encontrarse en un lugar desconocido, rodeados del cariño y la preocupación de los profesionales de la salud, pero con el susto en el corazón frente a la visión de una madre o un padre que no duermen, vigilantes de la evolución del hijo amado.

Y en ese compás de espera entre la recuperación o la gravedad, frente a las veleidades del nuevo coronavirus se agolpan en la mente de los mayores el remordimiento y la culpa cuando saben que no respetaron todas las medidas para prevenir el contagio. Se preguntan por qué permitieron que el bebé de la casa se mezclara con toda esa gente que llegó para un festejo que no debió realizarse en este momento, o cómo fue posible abandonarlo a los besos y abrazos de muchos que ni siquiera se lavaron las manos antes de cruzar el umbral de la puerta.

Negligencias y más negligencias en la prevención de una enfermedad que mata, y cuando no lo hace deja secuelas terribles que demandan terapia e innumerables esfuerzo para limitar su impacto.

Frente al llanto tardío de esa madre, Cuba, su gobierno y todas las instituciones que luchan sin descanso por derrotar al nuevo coronavirus llaman a multiplicar la protección de los lactantes y del resto de los menores de la familia.

No olvide nunca que la culpa del contagio del bebé o del adolescente siempre caerá sobre la conciencia de los mayores, de los padres, abuelos, tíos o cualquiera de los encargados de cuidarlos y alertarlos del peligro en la obligación de salvaguardarlos del dolor y de la muerte.

Cuba salva, pero la familia tiene que salvarse primero.

(Pedro Pablo Sáez/Radio Florida)

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