Relato de un convaleciente: Hay vidas que no vuelven jamás

Relato de un convaleciente: Hay vidas que no vuelven jamás

La Habana, 3 feb.- La historia de Javier podría ser la de tantos miles de cubanos recuperados de la COVID-19, pero tiene un sabor a despedida que la hace más difícil de contar. A él todavía le cuesta hablar de ella. Javier tiene 26 años, la mirada húmeda, y conoce muy bien cómo el Sars-Cov-2 llega a una familia para cambiarle el rostro. Cuatro miembros de la suya —él incluido— se contagiaron con el virus; solo tres lograron sobrevivir.

Aun no sabe dónde adquirió la enfermedad. Era 31 de diciembre y despidió el año junto a su familia en un centro recreativo, pero al día siguiente amaneció con un malestar extraño. “Tuve un poco de fiebre y pensé en un catarro, pero jamás en el coronavirus. No era contacto de alguien positivo e incluso mi mamá había llegado del exterior y sus dos pruebas de PCR dieron negativo”.

Así permaneció dos días. Durante ese tiempo unas veces pareció mejorar, pero otras no tanto. Entonces decidió ir al consultorio y allí se desató la tormenta. Como en un torbellino: centro de aislamiento, toma de muestra, la incertidumbre de la espera, las dudas. Más de una vez repasó en su cabeza dónde estuvo, con quién habló, y poco a poco la seguridad de no estar contagiado se convirtió en interrogante.

La noche antes de conocer el resultado tuvo falta de aire, pero no dijo nada y solo su esposa lo supo. Fue la prueba definitiva para entender que algo no marchaba bien. A la mañana siguiente ambos ya tenían una certeza: positivos. A las pocas horas el abuelo y la hermana de Javier también los acompañaron en el Hospital Militar Comandante Manuel Piti Fajardo, la institución de Santa Clara que se ha erigido en hogar de héroes desde el pasado 11 de marzo.

“La estancia allí fue dura. Mi hermana se desmayaba y decía que no le pasaba la comida. Mi abuelo tampoco quería comer y mi esposa lloraba casi a diario. El tratamiento es muy fuerte, provoca fiebre, te daña el estómago y causa otras reacciones. Por suerte, los médicos siempre intentan sacarte del paso y hablan contigo sobre cosas positivas”, rememora.

El lugar donde Javier pasó las diez jornadas más largas de su vida es un sitio tranquilo y apartado. Apenas basta llegar e impresiona la limpieza exquisita y el verde de sus paredes, pero también lo estremecedor del silencio. En medio de ese panorama, él sabe cuántas cosas pasan por la cabeza de un enfermo. “Cuando uno está ingresado piensa en la familia, en los amigos, porque pudo contagiarlos sin querer. A mí me salvó el celular y la Internet, que me permitían conocer qué sucedía afuera”.

Con varias salas habilitadas para atender a pacientes positivos, de esa misma institución salieron recuperados los más de 40 abuelos afectados por un evento de transmisión local en un hogar de ancianos de Santa Clara. También allí recobró la salud la enfermera Yaquelín, la paciente de más larga estadía hospitalaria por COVID-19 en el país. Sin embargo, el abuelo de Javier no lo logró.

“El 14 por la madrugada comenzó con falta de aire. Ya era el último día, porque el PCR dio un resultado negativo. Mi esposa también sanó y se fue para la casa, pero yo me quedé con él para acompañarlo. Tenía una complicación en los pulmones porque era un fumador de muchos años, así que lo llevaron para terapia y ahí sí no pude verlo”, recuerda.

El abuelo tenía 88 años y nunca se había quedado solo en algún lugar. Para Javier y los suyos no fue una espera sencilla, aunque los médicos les dieron esperanzas. “Pero no, fue todo lo contrario. Empeoró y en dos días falleció”. Cuando este muchacho dice eso no puede evitar que la voz le salga distinta. Es la primera vez que habla públicamente del tema. Aun le dice “mi viejo”.

De aquellos días prefiere no guardar fotos. “Las borré todas, porque quiero olvidar”. No obstante, sí recuerda el dolor en el cuello durante el ingreso; también le queda la dificultad para captar los olores como antes. “De lejos aun no puedo —confiesa—. Si mi esposa cocina, debo acercarme para saber qué hace”.

Javier abandonó el hospital hace poco más de dos semanas. Sentado en el mismo sillón que usaba su abuelo, mirando a los ojos de su esposa y su hermana, ahora lo ve todo distinto. “Uno no piensa que se va a enfermar hasta que le pasa”.

Ha vivido un momento difícil. Su historia pudiera ser la de muchos cubanos salvados, si no fuera porque la tristeza de sus ojos, el brillo mojado que siempre tienen, recuerdan cuánto puede un virus cambiar la existencia de las personas.

(CubaDebate)

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