Alberto Núñez y el fin de la Operación Carlota: Historia de un corresponsal de guerra

Alberto Núñez y el fin de la Operación Carlota: Historia de un corresponsal de guerra

La Habana, 26 may.- Apenas escuchó la noticia por la radio, se dijo en un sobresalto: “coño, ahí es donde iba esta gente”. La emisora anunció el derribo de un avión cubano y Alberto no lo creyó, quiso que repitieran la noticia, prefirió pensar que había oído mal, que no era verdad. ¡Que estaban vivos! ¿Cómo era posible que Tony hubiera muerto? No. Se rehusaba a aceptarlo. Pudo ser él uno de los caídos aquel fatídico día de 1988 en Angola.

Estaba en la región de Xangongo y recordó cuando dos noches antes había jugado dominó con Tony, su hermano de guerra y su pareja en aquel juego que les catalizaba la añoranza por Cuba.

Los dos periodistas habían llegado a Lubango, procedentes de Luanda, y tenían la orientación del director del periódico Verde Olivo en Misión Internacionalista de dirigirse hacia destinos distintos. Desde Lubango, Alberto Núñez Betancourt iría hacia Chamutete y Antonio Pérez Medina (Tony) viajaría rumbo a Cahama-Xangongo. Pero no fue así.

–Estuve hace poco en Xangongo, a mí no me motiva ir de nuevo allí –le dijo Tony en la mañana siguiente.

–Yo no he estado en ninguno de los dos lugares, así que escoge tú, para mí va a ser nuevo e interesante cualquiera –contestó Alberto.

–Entonces sale tú pa’ Xangongo –respondió Tony sin imaginar jamás que aquella respuesta le cambiaría no solo un destino dentro de la geografía angolana, sino la vida.

Intercambiados los caminos, Alberto recorrió los 400 kilómetros que separan a Lubango de Xangongo. “Era un terreno minado”, recuerda, y añade que, por carretera, el peligro era mayor que por aire. Tony salió dos días después, en un avión rumbo a Chamutete junto a varios compañeros, entre los que se encontraban Eduardo Bosch y Marcos Martínez (camarógrafo y sonidista, respectivamente, de la Fílmica de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba).

De modo que, cuando la radio espetó la noticia, Alberto lo sintió como si fuera una ráfaga. Supo después que el avión había sido derribado por error: un cubano le disparó desde una pieza de artillería antiaérea y todos murieron –cuenta.

Tony tenía 28 años. Alberto, 23. Hacía pocos meses habían llegado juntos a Angola, en septiembre de 1987, en un IL-62 de Cubana de Aviación como puente entre La Habana y Luanda. Fueron compañeros de asiento en aquella travesía hacia África, donde se enrolarían como corresponsales de guerra en la Operación Carlota.

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Desde noviembre de 1975 y durante más de 14 años de lucha por la independencia de aquel país, cubanos y angolanos combatieron juntos en la misma trinchera. Desde octubre de ese año el ejército de Sudáfrica, con apoyo de Estados Unidos, había invadido el sur de Angola. El entonces presidente del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), Agostinho Neto, coordinó con la dirección del gobierno de la Isla el envío de tropas por mar y aire hacia la nación africana. Iniciaba así la conocida Operación Carlota, calificada por Fidel Castro como “la misión más prolongada y compleja”.

La resistencia de cubanos y angolanos ante la agresión de Sudáfrica provocó la retirada de las fuerzas de ese país hacia 1976, por lo que el gobierno de Cuba decidió retirar de allí a cerca de la mitad de las tropas cubanas.

Sin embargo, en las postrimerías de 1987, Angola se vio amenazada una vez más por la invasión sudafricana, que vino en ayuda de la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), y se enfrentó a las FAPLA. Se pidió entonces el apoyo de la Isla nuevamente. Por esa fecha, Alberto Núñez viajaba a tierra africana como corresponsal de guerra.

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“Cuando me senté a su lado, aún no lo conocía. Le pregunté cómo se ponía el cinturón de seguridad porque yo ni sabía. Y antes de despegar el avión empecé a hermanar con él. Fíjate tú lo que es la vida”, dice Alberto, mientras mira una de las fotografías de un equipo de prensa cubano posando frente a un tanque enemigo. “Trofeo de batalla”, añade, y vuelve a hablar de Tony y que “la guerra tiene mucho de azar”.

“Aunque era solo cuatro o cinco años mayor que yo, Tony tenía experiencia militar. Yo estaba recién graduado de Periodismo en la Universidad de La Habana y siempre le di mis trabajos periodísticos para que se los leyera y me aconsejara. En una ocasión escribí sobre una maniobra y él me dijo que iniciara el texto narrando, como si lo ocurrido hubiera sido una acción combativa de verdad, y entonces después dijera que aquello no era más que un ejercicio en el terreno. Su muerte me golpeó mucho. Fue muy duro”.

Durante los casi 16 años que duró la Operación Carlota, en la que Cuba y Angola lucharon por defender la independencia de aquella tierra africana, 337 033 militares y unos 50 000 colaboradores civiles cumplieron misión internacionalista allí, y 2 077 perdieron la vida.

Para Alberto, uno de los momentos más desgarradores que vivió como corresponsal de guerra en Angola fue asimilar la muerte de compañeros de lucha. Y lo reafirma cuando dice: “La guerra tiene el misterio de que, en poco tiempo, se crea una hermandad entre la tropa”. Uno nunca está preparado para ver morir a un hermano.

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De izquierda a derecha: Oficial de tropas especiales, y los periodistas Pastor Batista y Alberto Núñez en Angola. Foto: Cortesía del entrevistado.

El MI-17 aterrizó y, sin detener las aspas que arremolinaban el polvo del suelo, descargó los periódicos que llegaban atrasados de Cuba y las cartas enviadas por los familiares a los combatientes. Aquel era, probablemente, uno de los momentos más esperados por los miembros de la tropa.

“La prensa y la correspondencia eran oxígeno para nosotros. Las primeras cartas te sacan lágrimas, sin dudas. Yo vi cubanos allí, todo lo grandes y fuertes que tú quieras, llorar por una carta. La gente las bautizó como ‘gorriones’, por la nostalgia que significaban”, rememora Alberto y agrega que las misivas más difíciles de escribir eran las que llevaban la noticia de algún caído. Sabía que mañana él podía ser uno de ellos. Había una pregunta casi invariable: ¿Hoy me tocará a mí?

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Íbamos en una caravana y, antes de salir, me dicen que me tocaba ir delante con los zapadores. Yo estaba en Huambo y nos dirigíamos a Cuito Bie. Mis compañeros me reforzaron con balas. ¡Te imaginas! Eso me impactó mucho. Uno sentía que en cualquier momento te podía estallar una mina.

En otra caravana, de Cuito a Menongue, tuvimos siete u ocho bajas por minas entre muertos y heridos. Recuerdo que nos tiraron en esa ocasión y no pudimos responder porque utilizaron una quimbería como resguardo. Por tanto, no podíamos abrir fuego porque hubiéramos matado a inocentes. Lo que hicimos fue acelerar el paso.

Pero si algo no se me olvida fue aquel vuelo a finales de 1987. Íbamos en helicóptero, por la zona de Huambo, reconociendo campamentos del enemigo, en este caso la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Era un vuelo rasante. La razón por la que volábamos a baja altura consistía en que, el helicóptero era menos visible para el adversario y, si nos disparaban, no era lo mismo caer cerca del suelo que a una altura mayor.

Me parecía que estaba viajando en tren porque íbamos un poco más alto que la copa de los árboles. Corríamos el riesgo de que nos tiraran. Hasta que llegamos a un lugar donde había ocurrido una batalla entre las Fuerzas Armadas Populares para la Liberación de Angola (FAPLA) y la UNITA hacía muy poco tiempo. Todavía me parece sentir el olor a pólvora, el humo. Me impactaron los muertos, amontonados todos. De regreso, me dieron la misión de custodiar a un prisionero. O sea, ibas como periodista, pero uno no deja nunca de ser un soldado.

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Alberto Núñez fue a Angola como corresponsal de guerra. Tenía entonces 23 años. Foto: Cortesía del entrevistado.

Alberto Núñez Betancourt asegura que, en ocasiones, el hostigamiento de los sudafricanos era tan sostenido que no se podía salir de los refugios ni para buscar agua al río. “Ya te imaginarás los días sin bañarnos”, advierte sin bajar la voz. No hay tribulaciones en lo que confiesa. A fin de cuentas, en un conflicto bélico hay que entender el contexto.

“Muchas veces nos acostábamos vestidos, listos para cualquier imprevisto. Teníamos que dormir apurados. Las madrugadas eran cortas. ¿Habría que preguntarse ahora si uno llegó a dormir bien alguna vez en Angola? Y los amaneceres… se disfrutaban. Era un nuevo día, de peligros, de riesgos, de batalla, pero nuevo día al fin”, dice.

Desde su oficina en el periódico Trabajadores, rotativo que dirige desde 2011, Alberto Núñez mira una y otra vez algunas de sus fotos en tierra angolana. En una está sentado frente a una máquina de escribir, vestido de militar y con 30 años menos. “¡Cómo pasan los años!”, me dice y enseguida agrega que, como corresponsal de guerra, además del texto, también tenía que “sumar la parte gráfica”:

“Los periodistas en Luanda se podían acompañar de un fotorreportero experimentado, pero en mi caso, por ejemplo, que era itinerante, o sea, no estaba fijo en un lugar, tenía que hacer también mis fotos. Y eso fue otra incertidumbre. Había que revelar los rollitos fotográficos en un cuarto oscuro. Uno siempre se turbaba por si las fotos habían salido y si habían quedado con calidad, como mismo me preocupaba porque podían dispararle al helicóptero en el cual viajaba. Como para no dormir tranquilo, hasta que revelara el rollo”.

Hay otra foto que guarda con un celo extraordinario porque la lleva en la memoria, aunque no la tenga en papel. Cuando la describe da la impresión de que no es una imagen fija. Pareciera que es injusto recordarla como algo estático en el tiempo. Entonces habla de Iacopo, el niño angolano de tres años, a quien le relucían los ojos cuando los soldados y oficiales cubanos le regalaron un rústico juguete de lata y madera.

“Fue por la quimbería de Liambinga. Había que verle la carita. Estaba descalzo, con toda la pobreza que tenía allí, pero ese niño era el más feliz del mundo en ese momento, en medio de los sinsabores de la guerra. Tú les veías a los pequeños una expresión en la mirada impresionante, intensa, reflejo de la angustia, pero también del optimismo, la alegría. Se te partía el alma”.

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Ibas como periodista, pero nunca dejabas de ser un soldado. Foto: Cortesía del entrevistado.

Diciembre de 1988. Tras la victoria en Cuito Cuanavale, se firmaron los acuerdos finales entre Angola, Cuba y Sudáfrica para garantizar la integridad y soberanía de Angola como nación independiente y la independencia de Namibia. La retirada paulatina de las tropas cubanas era inminente.

“Cuando se dan los acuerdos comenzaron a reducir plantilla y a regresar las tropas poco a poco. Dentro de los que pertenecían al periódico Verde Olivo en Misión Internacionalista, el que más tiempo llevaba en Angola era yo. Regresé a Cuba antes de que finalizara el año. No me cogió otro 31 allí por cuestión de días. Se respiraba paz”, señala con la satisfacción de quien estuvo hasta el final de la guerra y vivió para contarla.

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Es viernes 10 de mayo de 1991. Alberto Núñez vuelve a Angola, esta vez como enviado especial del periódico Granma para reportar el regreso de los últimos internacionalistas cubanos a la Isla. Otra vez Angola. Otra vez en un IL-62 de Cubana de Aviación. Tony ha muerto hace tres años. Junto a Alberto viaja ahora el fotorreportero Arnaldo Santos.

Desde abril, la jefa de información del diario, la periodista Susana Lee, le había preguntado si estaba dispuesto a viajar nuevamente a tierra africana. Él respondió que sí, aun cuando tenía un niño de 13 meses y su esposa estaba en los días de parto del segundo hijo del matrimonio.

“En esa situación uno traga en seco. Por suerte, el niño nació el primero de mayo, antes de irme. No obstante, uno se pregunta ‘¿y si caigo?’, y después te dices ‘bueno, pero pude conocer a mi segundo hijo’. Yo sabía que estaba siendo testigo de días históricos: se preservaba la independencia de Angola, se ganaba la de Namibia y el Apartheid recibía el tiro mortal. Cuba incidía en la libertad del Cono Sur africano, y yo estaba allí”.

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Las últimas caravanas salieron de Angola en mayo de 1991, mes en el que finalizó la Operación Carlota. Foto: Pastor Batista.

Es sábado 25 de mayo de 1991. Entre Bengo y Luanda viaja la caravana de cierre en un recorrido de 145 kilómetros por la carretera Panafricana. La técnica se alista para embarcarla rumbo a Cuba desde el puerto de Luanda. En el aeropuerto capitalino sale el último vuelo. Alberto Núñez mira desde la ventanilla del avión cómo Angola se le empequeñece mientras la aeronave toma altura y cómo, con el ascenso, finaliza la Operación Carlota, tras casi 16 años.

“Llegamos a Cuba a las once de la noche. Era la segunda vez que yo viraba vivo y sano. Para nosotros la derrota no era posible”, dice y mientras, en una matemática elemental, calculo que Alejandro, su segundo hijo, por esta fecha cumple 30 años, y que el fin de la Operación Carlota tendrá siempre su misma edad.

(CubaDebate)

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