“Tú luchas, pero te deprimes cuando alguien muere”

“Tú luchas, pero te deprimes cuando alguien muere”

La Habana, 11 ago.- En el cubículo dos de la sala H, Caridad está llorando. Los médicos y enfermeras chequean el stock de medicamentos, mientras un llanto súbito le surca la voz a Caridad La Rosa Rodríguez apenas menciona al personal de salud que la ha atendido desde su ingreso en el hospital con diagnóstico positivo a la COVID-19.

“Maravillosos”, estoy agradecida”, “uno se siente mal, y cuando te atienden bien… imagínate”, dice y se le vuelve a escapar un sollozo delante de un desconocido que puede ser su nieto. Estoy sentado en el sillón del acompañante. Antes de que la pandemia viniera a desbalancearnos la vida, en este asiento hubiera estado la hija o el esposo. Pero ya no es antes, y uno –mientras la escucha hablar con amabilidad de abuela– solo puede aspirar a que ella sienta compañía, más si una pandemia de mierda ha llegado para exacerbar la soledad de mucha gente.

No la conozco, pero quiero creer que Caridad es demasiado fuerte y guerrera, como para que un virus cobarde venga a jugarle en contra. Sí que es brava Caridad, y la medicina casi me da la razón cuando la placa que cuelga de la ventana muestra mejoría en sus pulmones y ella asegura que la dexametasona la hace sentir mejor y la falta de aire ha desaparecido.

–¿Qué edad me dijo que tiene? ¿67?

–65, 65 –rectifica lanzando la vista sobre mi celular a ver si anoté bien la cifra.

En la sala H del hospital de Cárdenas fueron instalados recientemente varios paneles de oxígeno centralizado. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

Mientras esto sucede en la sala H del hospital territorial de Cárdenas, en la terapia intensiva Marlén prepara midazolam para sedar a una paciente en estado crítico. “Hoy la sala está en calma, pero puede complicarse en cualquier momento”, comenta la enfermera.

“Ahora el paciente está bien, pero de pronto te puede hacer un shock anafiláctico, un shock séptico o caer en una parada respiratoria, o hacer un edema agudo del pulmón con una emergencia hipertensiva”.

Marlén Bolaños Acosta tiene 51 años, de los cuales ha dedicado 31 a la enfermería. Cualquiera pudiera decir que es una veterana en estas lides, y es cierto, pero la pandemia ha pretendido burlarse hasta de la mismísima ciencia; ha puesto a prueba al mundo entero, a cada uno de nosotros. A Marlén, como a tantos, no la ha vencido. Por eso ella está aquí. Una y otra vez está aquí. Se ha quedado sin viernes y lo poco que dormirá esta noche lo hará fuera de casa, en algún rincón de la zona roja.

Marlén Bolaños en la terapia intensiva del hospital de Cárdenas, donde se atienden pacientes con COVID-19 en estado crítico. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

La terapia intensiva es como una cápsula dentro del hospital. No se siente el ruido del exterior ni se sabe qué sucede más allá de estas paredes. Nadie conoce si llueve, si afuera hace calor o frío, si cambió la estación del año o si la sirena de una ambulancia llegó chillando a la Emergencia. Una terapia es hermética y fría. El manido “olor a hospital” se pierde.

Parece que afuera el mundo se detiene, mientras aquí adentro seis pacientes críticos, con pronósticos reservados para la vida, batallan constantemente para no morir. Algunos luchan, a la vez, contra la COVID-19 y contra infartos cerebrales, bronconeumonías… Hay cinco ventilados y uno con oxígeno suplementario. Batallan los pacientes y, con ellos, las cuatro enfermeras y los dos médicos de guardia. Marlén vuelve a ajustarse los guantes.

Odalys Carrillo, enfermera del team médico, toma el teléfono de la sala para puntualizar el nombre y los apellidos del paciente de la cama 1. Alcanzo a escucharla: “Comuníqueme con el familiar. Dile que no se asuste, que no es para nada malo”.

Una llamada fuera de la hora del parte, una llamada desde la terapia intensiva nadie quisiera atenderla nunca. Odalys tampoco quisiera dar malas noticias, pero a veces no hay remedio. Solo ella sabe en cuántas ocasiones un familiar se ha roto del otro lado de la línea. Solo ella sabe las veces que ha tenido que contenerse para no romperse a sí misma. Y seguir, aun cuando la profesión la obligue a ver tantas almas marchitarse.

La enfermera Marlén Bolaños me explica cómo es el funcionamiento de la terapia intensiva. Foto: Alexei McIntosh.

Hace unos minutos Marlén me confesó, con un gesto de emoción que uno logra descifrarle en la voz:

“Me duele mucho cuando pierdo a un paciente por complicaciones porque es como si estuviera perdiendo a alguien cercano. ¿Tú me entiendes? Aquí hay que tener mucho amor, mucho sentimiento e ímpetu. Son cosas que tú luchas y luchas, pero te deprimes cuando alguien muere. Hay días en que llegas, cancaneas, pero dices: ‘No, hay que seguir pa’lante’, porque en este servicio hay que ponerse fuerte para trabajar. Si los sentimientos te vencen todo sale mal.

“Nos deprimió mucho un paciente que tuvimos en la cama 3, de 36 años. Había entrado muy descompensado. Un día se me queda mirando. ‘Seño, yo creo que me voy a morir’. ‘Papo, no, esa palabra no se dice aquí’. Aquel niño cayó en parada respiratoria dos veces y lo sacamos. Leo, el médico que estaba ese día, nos dijo: ‘¡Lo logramos, lo logramos!’. El paciente se recuperó, conversó, sonrió y con la misma volvió a caer en otra parada de la que no pudimos sacarlo. Para perder a alguien joven, una como enfermera nunca está preparada. ¿Tú me entiendes?”.

Hace pocas horas lo entubaron con una bronconeumonía. Desde entonces, el equipamiento médico a la izquierda de su cama no ha dejado de sonar. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

Odalys da las gracias y cuelga. Marlén, que la escuchó, solo atina a decir: “Es un niño, 28 añitos, tiene un corazón de león”. Hace pocas horas lo entubaron con una bronconeumonía. Desde entonces, el equipamiento médico a la izquierda de su cama no ha dejado de sonar. “El ventilador mecánico está pitando porque él está faja’o luchando contra el equipo. El dispositivo es el que tiene que comandarlo a él, pero es el paciente quien quiere comandar al ventilador, y por eso tienes que sedarlo”, añade Marlén.

En la cama 6, la primera a la izquierda de la sala, toma la presión arterial a una señora que ingresó en la madrugada del viernes. Revisa la dosificación de la furosemida que contiene la jeringuilla perfusora y mide los parámetros del ventilador mecánico.

Es la jefa del team médico. Me explica cómo funciona el panel de oxígeno instalado tras el cabezal de cada cama. Dice que “no tenían incorporadas las aspiradoras”, que “gracias a Dios hoy las montaron” y que “mira, tengo que limpiar aquella de allí”.

La enfermera Marlén Bolaños Acosta. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.

El ingeniero en Electromedicina, Juan Pablo Ramos Castillo, señala que en todo el hospital hay instalados alrededor de 36 paneles, y eso se traduce en que la institución cuenta con distribución de oxígeno centralizado en más del 80% de sus áreas de ingreso. No significa, en cambio, que aún lleguen pacientes con falta de aire y demore en aparecer un botellón, como le sucedió a la sobrina de mi padrastro, y terminó en terapia con una neumotórax, aunque negativa al test de antígeno.

Quizás la atendió Marlén, aunque eso será difícil saberlo, más si la enfermera lleva una escafandra blanca, y mascarilla, y careta, y gorro, y guantes. Más si las únicas partes visibles de su cuerpo son los ojos y la frente.

Mañana no podré reconocerla. El rostro en esta lucha se pierde muchas veces. Y eso jode. Solo sé que cuando pasen 24 horas, Marlén Bolaños Acosta se desprenderá de la escafandra, y el gorro, y los guantes; recorrerá en guagua los 23 kilómetros que separan a Cárdenas del poblado de Máximo Gómez, donde vive; y descansará tres días para luego volver a la terapia intensiva. Eso sí: no podrá abrazar a sus dos hijos.

Ojalá cuando regrese –quiero pensar que sí– los pacientes que atendió este viernes hayan despertado. Ojalá. Por lo pronto, alivia saber que hay muchos como ella. Porque aunque los casos han disminuido en Matanzas, la lucha aquí sigue dura. O si no, pregúntenselo a Marlén, la jefa del team.

“Es así. A luchar”, me dice para despedirse y vuelve a lo suyo. Afuera ha comenzado a llover.

(CubaDebate)

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