Apoyo comunitario en Matanzas: Una cruzada para esperanzar

Apoyo comunitario en Matanzas: Una cruzada para esperanzar

La Habana, 29 nov.- En una misma tarde de noviembre dos mujeres contemplan el cielo sobre la cubana ciudad de Matanzas. Pertenecen a mundos muy distintos. No se conocen. Las dos tienen sueños, expectativas, necesidades. La más joven acomoda en una nevera los cortes de fruta empaquetados que vende en el negocio familiar. Vive en un barrio próspero donde abundan los jardines bien cuidados. El sol se cuela en el amplio portal de su casa, aunque algunas nubes comienzan a formarse en la distancia. Un aguacero podría alejar a los clientes. Justo bajo esas nubes, del otro lado de la urbe de los puentes, la otra mujer, una anciana, reza para que el viento se las lleve bien lejos. Cuando se desborda el cielo, llueve más dentro que fuera de su casa. Vive en un barrio que libra una lucha a muerte contra la decadencia.

Maquillaje o cirugía

El deterioro del fondo habitaciones es una de las preocupaciones más urgentes para quienes residen en las llamadas zonas marginales. Foto: Roberto Jesús Hernández / Cubadebate.

Rara vez clasifican en una postal turística o en un calendario pero son tan parte -o más- de “lo cubano” como las playas de ensueño o los vetustos edificios coloniales. Atraen a los amantes de lo underground, a los estudiosos y a los solidarios. De los barrios más humildes de esta Isla nacen nuestros deportistas, artistas, médicos, políticos, soldados, obreros, científicos, patriotas…A sanar su cotidianidad marcada por olvidos y carencias se dirige lo que actualmente conocemos como trabajo o apoyo comunitario integrado.

Bajo el estigma de la marginalidad son escenarios que impresionan por una resiliencia a toda prueba y merecen cualquier esfuerzo, por titánico que parezca, para mejorar la calidad de vida de quienes los habitan a partir del conocimiento profundo de sus propias necesidades, expectativas, potencialidades. Sin embargo, no debe tratarse de un espectáculo pasivo: la gente necesita ser parte de la solución, del cambio.

La occidental provincia de Matanzas no permanece ajena a la iniciativa de fuerte vocación humanista, y en este territorio se seleccionaron más de 200 circunscripciones en sus 13 municipios para concentrar las principales tareas de reanimación. En cerca de una treintena de ellas se trabaja durante el actual mes de noviembre.

Según precisa Marieta Poey Zamora, vicegobernadora de Matanzas, “alrededor de 800 planteamientos quedaron solucionados como parte del apoyo a las comunidades desde agosto último, aproximadamente la mitad gracias a la gestión de los organismos designados para atender cada zona”. De acuerdo con la información facilitada a Cubadebate por la funcionaria, en esa etapa se le dio impulso a la ejecución de más de medio centenar de subsidios.

Entre las acciones fundamentales se cuentan: venta de módulos de productos alimenticios, donaciones de sangre, trámites de documentación de viviendas, servicios de oftalmología, supresión de salideros, entrega de recursos a familias vulnerables, recogida de microvertederos, entrega de prestaciones monetarias, reanimación de bodegas, reparación de viales y caminos, sustitución de postes eléctricos, y venta de medicina natural y tradicional.

Las jornadas de apoyo comunitario pretenden, en la medida de lo posible, asestar el golpe de gracia a planteamientos “envejecidos”. Sorprendentemente, a menudo se demuestra que muchos problemas se resuelven con una gestión más eficiente sin necesidad de grandes inversiones.

Desde agosto último hasta mediados del actual noviembre se vendieron más de 45 mil 500 módulos de alimentos en las circunscripciones vulnerables de toda la provincia, además de casi cinco mil precebas de porcino, alrededor de 300 personas desvinculados accedieron a ofertas de empleo, más de un centenar de núcleos familiares vulnerables se beneficiaron con la entrega gratuita de recursos, 130 microvertederos fueron eliminados, se tramitaron 80 solicitudes de terrenos, una treintena de viales y caminos fueron reparados.

No todo es color de rosa. En una reciente visita a varios municipios matanceros encabezada por la propia vicegobernadora, se comprobó que los planes de acción tenían solo un carácter general, no contenían tareas específicas para las direcciones administrativas ni las organizaciones de masas, y ninguno hacía mención a las actividades con participación popular.

Igualmente se detectaron deficiencias en la disciplina a la hora de entregar las informaciones oportunas, no especificar qué planteamientos se proponían resolver, o qué se proponían hacer para fortalecer el autoabastecimiento familiar, ningún municipio había definido criterios para evaluar la efectividad del trabajo, de acuerdo con los datos aportados por Poey Zamora.

Parece evidente que mejorar la calidad de vida de quienes residen en las zonas más humildes, ya sea en barrios o asentamientos de los llamados periféricos, no puede reducirse a cambios cosméticos que solo llegue hasta la superficie. Pese a todo, a las tensiones económicas de larga data, a la montaña de problema acumulados, a los nuevos desafíos de la cotidianidad pos pandemia, es cirugía y no maquillaje lo que se requiere para lograr una transformación verdaderamente efectiva.

Cuando no estaba de moda

Randy, delegado del Poder Popular en la circunscripción 78 del municipio de Matanzas, pese a su juventud se ganó la confianza de sus electores. Foto: Roberto Jesús Hernández / Cubadebate.

“Yo empecé a hacer esto cuando no estaba de moda”, dice el joven Randy Perdomo García, de 29 años de edad, delegado del Poder Popular en la circunscripción 78 del municipio de Matanzas, en alusión a la transformación hacia el seno comunitario con la participación de sus integrantes. Es evidente que el área residencial bajo su tutela, perteneciente al consejo popular de Peñas Altas, en la ciudad de Matanzas, no es una de las desfavorecidas.

Profesionales de medio o alto poder adquisitivo, amplias viviendas cercanas al mar, alquileres y prósperos emprendimientos privados confieren una identidad particular al llamado reparto Pastorita. Sin embargo, él asegura que la labor comunitaria no debe asociarse exclusivamente con las barriadas etiquetadas como “marginales”.

“Con el auge del plan habitacional aquí se desatendió la creación de espacios públicos como plazas y parques, además del paisajismo, porque muchas veces nos olvidamos del entorno común debido a la propia dinámica de nuestra vida cotidiana”, dice de su terruño Randy, graduado de Filosofía Marxista-Leninista por la Universidad de La Habana. Orgulloso refiere que de los 23 vertederos que había al principio del actual mandato ninguno sobrevivió a la voluntad de sanear.

Muchos se convirtieron en espacios transformados en pequeñas áreas con jardines florecidos y bancos que invitan a los transeúntes a tomar un descanso.
“Nos falta mucha educación cívica. Nosotros empezamos a sumar gente no con palabras ni con promesas, sino con acciones visibles. Las personas se unen cuando ven los ejemplos y la concreción de lo que quieren lograr y se les da participación”, opina.

“A algunos no le gusta asistir a reuniones, pero son capaces de donar los bloques que hacen falta para construir una plaza, o traerle agua a los que están trabajando. Por eso es importante tener en cuenta las características individuales en función del bien colectivo. El trabajo comunitario es la base del Poder Popular en Cuba, hay muchas experiencias positivas, y ahora experimenta un resurgir, pero nosotros emprendimos la reanimación cuando no se hablaba tanto del tema como ahora, y ya llevamos más de cuatro mil acciones”, explica.

Un paseo junto al delegado en sus predios de la circunscripción 78 puede demorar más tiempo del previsto. No hay saludo que no devuelva ni petición que esquive ni problema que le resulte indiferente. Todo el mundo lo conoce, lo reconoce. Es casi como acompañar a una celebridad. Conversa con la dueña de un reciente emprendimiento: la Casa de las Frutas. Baja por una escalera que ayudó a construir entre las rocas y revisa el estado de las plantas sembradas como parte de una iniciativa de paisajismo comunal. Camina sobre una calle que conoció el asfalto por vez primera durante su periodo de gestión. En las paredes cuelgan macetas y cuadros con mensajes para todos los tiempos: “Patria”, “Amor”, “Solidaridad”.

“Mi mayor satisfacción es acompañar el deseo de bienestar y prosperidad que tiene mi gente. Lo más duro de enfrentar en todo este tiempo como delegado fue la COVID-19. Cuando muchos tenían miedo de los entornos sociales y estaban distanciados de la ayuda al vecino, tuve que ponerme una coraza”, rememora.

Perdí a mi abuelo al principio de la epidemia. En aquel momento no tuve tiempo para dedicar a las cuestiones familiares. Había que ver cómo se sumaban los jóvenes a todas las tareas, sin ningún tipo de imposición. A pesar de las dificultades comprendí que hay mucha gente que quiere hacer por su país, y simplemente tenemos que darle la oportunidad. Incluso durante la etapa más difícil de la pandemia tuvimos la ventaja de contar con la participación de proyectos comunitarios como Corcel de Esperanza y Compañía Romero Dance, además de la iniciativa De balcón a balcón, con la guía de la reconocida actriz Miriam Muñoz, que lograron una dinámica cultural muy linda en el barrio, en particular con los niños.

“Uno de los reclamos más reiterados en nuestra circunscripción tiene que ver con la necesidad de tener un espacio propio para la cultura y la creación. Luego de más de 20 años de espera próximamente inauguraremos una casa comunitaria que tendrá dos consultorios, enfermería, galería de arte, sala de lectura y un patio cultural.

“Lo logrado hasta ahora fue gracias a la convocatoria y a los presupuestos participativos con el apoyo de las donaciones voluntarias, además del escaso aporte de recursos del plan de la economía. El delegado tiene que tener habilidad de negociar con las administraciones de la localidad donde se encuentra. Aquí articulamos el trabajo con viales, servicios comunales, trabajadores no estatales, los Comité de Defensa de la Revolución (CDR) y otras entidades para dar respuesta a los planteamientos de los electores”, valora Perdomo García.

“Él no te promete nada cuando le presentas un problema, pero siempre encuentra una solución”, afirma Margarita Cabrales Rodríguez, vecina del reparto Pastorita. “En plena pandemia logró una familiarización tan grande entre la gente que todo el mundo se ayudaba. Si le pides una medicina que está difícil de encontrar él te la consigue, no porque salga a buscarla a otro país sino porque nos acostumbró a apoyarnos y compartir lo que tenemos entre nosotros mismos”.

La 11 de La Marina

La Marina, barrio fundacional de la ciudad de Matanzas, sobresale entre los más necesitados de acciones efectivas de reanimación. Foto: Roberto Jesús Hernández / Cubadebate.

Hay que hablarle muy alto y junto al oído porque apenas escucha. Vive en la ciudad de Matanzas, muy cerca de una calle asediada por aguas albañales que contrastan con su pomposo nombre: el callejón del ángel, no lejos del punto donde el río Yumurí se encuentra con el mar. Varios bultos de ropa se acumulan en un rincón de su casa maltrecha. “Tal parece que voy pa un aeropuerto”, bromea.

Envuelta en naylon está la ayuda que trajeron recientemente los trabajadores sociales: ropa, zapatos, toallas, sábanas. Su “único hijo” es un perrito color caramelo, entre chihuahua y sato, que duerme la siesta en el cojín de retazos sobre una silla de hierro. En esa silla durmió durante mucho tiempo Eloína Cantero Campos hasta que “por bienestar social” le dieron un colchón. La cama llegó después.

“Yo quisiera vivir mejor, como todo el mundo”, admite la mujer a punto de cumplir 62 años de edad, quien reside en la circunscripción 11 del barrio de La Marina, perteneciente al consejo popular Matanzas Este. El paisaje sonoro invade la salita: risas, gritos, ladridos, pregones, vehículos, caballos, mucho reggaetón y algo de rumba. De vez en cuando ella se distrae de la charla y mira preocupada al cielo donde las nubes pasan lentamente del blanco al gris.

“Mi casa está muy mala, cuando llueve se moja completa. Tengo que cambiarme de lugar constantemente para que no me caiga arriba el agua. Nunca en mi vida pensé tener que depender del Estado pero estoy enferma, no tengo otra forma de mantenerme, llevo años divorciada y no tengo hijos”, refiere.

Aunque agradecida por recibir varias formas de ayuda por parte del Estado, Eloína sufre a diario por el pésimo estado constructivo de su vivienda. “Sé que tengo que tener paciencia, aunque a veces la pierdo”. Foto: Roberto Jesús Hernández / Cubadebate.

A falta del mantenimiento necesario parece que su casa esté a punto de desmoronarse. El techo ya no luce como un techo. El cemento reventado y las cabillas expuestas dan cuenta de una batalla perdida contra la humedad y la desatención. Su casa se ha rendido, pero Eloína todavía no.

“Sé que tengo que tener paciencia, aunque a veces la pierdo. Aquí ha venido todo el mundo, hasta un arquitecto y tomó muchas fotos. Le estoy muy agradecida a la trabajadora social porque ella está al frente de mi problema. Cuando me traen algo yo los quiero besar y abrazar porque es tremenda ayuda”, dice la mujer que, aunque angustiada por sus carencias y no pocos problemas de salud, entre estos la hipertensión y una cardiopatía, se esfuerza por ser optimista.

Su caso no es una rareza en La Marina, al contrario. Solamente en el consejo popular Matanzas Este hay más de 200 familias “protegidas” que dependen de la asistencia del Estado para ser solventes según la ley, explica Betcy Ruano Muñoz, especialista en trabajo social. “No podemos resolver todos los problemas, sin embargo, al menos tratamos de contribuir con los escasos recursos disponibles a mejorar la calidad de vida de la gente. Aquí lo que más golpea es el problema de la vivienda. El fondo habitacional de la zona está en pésimo estado. Son casas muy viejas, hay muchas del siglo XIX”, reconoce.

“Hay otros problemas como la incidencia de la indisciplina ciudadana y un alto índice de personas desvinculadas laboralmente. Como parte del trabajo comunitario le damos una atención diferenciada a quienes perciben ingresos más bajos. En este sentido, se ayuda económicamente a muchas madres que no podían trabajar porque tenían que permanecer al cuidado de sus hijos. Cada caso es único, ninguno es igual a otro y hay que atenderlos de acuerdo con su complejidad”, asegura.

Muy cerca de Eloína, donde hacen esquina una calle con nombre de ciudad y otra de santa, viven Luisa y Ponciano, en los altos de una antigua vivienda a escasos metros de la corriente del Yumurí. Ambos son sobrevivientes: ella estuvo en el quirófano por un aneurisma y él está marcado de por vida por la hemiplejia. Los dos recibieron el esquema completo de vacunación anti COVID-19, no obstante, se cuidan mucho, por si acaso.

Luisa Torres Beltrán, de 71 años, desenvuelve un paquete cuidadosamente protegido de la humedad, el tiempo y los insectos. Parecen nuevos los muchos papeles que dan fe de la impecable trayectoria laboral de su esposo, “cañero” con 38 zafras en su haber. Brillan todavía las medallas que comparten espacio con los certificados de Vanguardia Nacional y trabajador destacado de la industria del azúcar, antaño considerada la locomotora de la economía nacional.

“El espíritu mío no es de estar sentado, a pesar de lo viejo que estoy si pudiera estuviera trabajando”, afirma el octogenario Ponciano Pérez Tamayo, quien añora su fuerza de antes para cumplir cualquier tarea al servicio de la Revolución, de Fidel, del pueblo, consciente de que queda mucho todavía por lograr.

Luisa y su esposo, este último afectado por una hemiplejia, recibieron recientemente ropa y demás avituallamiento. Foto: Roberto Jesús Hernández / Cubadebate.

“Gracias a todo ese movimiento del apoyo comunitario en octubre por fin nos hicieron nuevo el techo”, relata Luisa. “Aquí cuando llovía entraba el agua por todas partes. Faltan cosas por hacer, pero por lo menos ya no nos mojamos. Nos dieron ropa, zapatos, frazadas, porque lo habíamos perdido casi todo por la humedad. Todavía tengo muebles fuera de aquí. Casi todo se echó a perder. El televisor ya no anda. Por las noches cuando llovía yo tapaba a mi esposo en la cama con un naylon grande y me ponía otro en la cabeza. Aquello era lo más grande de la vida. ¡Y cómo ha llovido este año!”

“Aquí cocinábamos con leña. Teníamos locos a los vecinos con el humo y la candela. Cuando vino la brigada nos cambiaron la instalación eléctrica. Ya podemos cocinar con la corriente. También pusieron ventanas y pintaron”, comenta Luisa mientras ordena la humilde casa.

Desde el hogar de la pareja se abarca de un vistazo parte de La Marina, un trozo de paisaje urbano parcheado de techos de tejas de barro, cemento o planchas de cinc, ceibas robustas y salideros que anegan acumulaciones de basura siempre en expansión.

“Yo veo las cosas y me duele que rechacen mi barrio porque es insalubre”, confiesa Gilberto Mejías Cantillo, un cincuentenario residente en La Marina, quien nació en el oriente del país y lleva casi cuatro décadas en ciudad que se ganó en su momento el epíteto de Atenas de Cuba por su florecimiento cultural y económico. Él trabaja como mensajero y conoce el entramado de calles como la palma de su mano. “Esta siempre ha sido una zona muy marginal. Todo el que pasa por aquí se percata de que las aguas albañales están por todas partes. No hay drenaje. Los excrementos pasan por delante de las casas”.

“Veo como algo muy correcto lo del apoyo comunitario, que arreglen salideros, que pinten las bodegas y recojan escombros, pero hay que hacer más hincapié en el trabajo de los inspectores. Existe mucha indisciplina. Algunas personas botan dondequiera la basura. Hay que aplicar la ley porque nadie tiene derecho a afectar el medio ambiente”, enfatiza.

“Tenemos que empezar por ser autocríticos ante de criticar a los demás. Aquí todo el mundo tiene que cooperar. Es verdad que necesitamos recursos, apoyo por parte de los organismos pertinentes, y también que la gente coopere. Si nosotros no cuidamos lo que tenemos nadie lo va a hacer. Hay que educar mucho al barrio, a la comunidad completa”.

Esperanzar

En la Plaza de La Vigía la educadora popular Magalys Menéndez Peñate dialoga con Gilberto Mejías Cantillo, un cincuentenario residente en La Marina, sobre sus expectativas a propósito de la reanimación de la ciudad. Foto: Roberto Jesús Hernández / Cubadebate.

Magalys Menéndez Peñate, coordinadora de la Red de Educadoras y Educadores Populares Libélulas de Matanzas, fue una de las que “saltó” cuando comenzó a usarse el término de “intervención” para definir la labor en los barrios de Cuba. De inmediato se comunicó con colegas y decisores para abogar por un enfoque distinto. “Fue muy oportuno porque por esos días el presidente Diaz-Canel estuvo reunido con diferentes centros de investigación, intelectuales, personas de prácticas de base y de trabajo comunitario, y creo que en menos de quince días el término se sustituyó por apoyo comunitario. Me sentí aliviada”, relata.

Sus “libélulas” están por todas partes. Sobrevuelan la ciudad, se posan en los sitios más humildes, enseñan a medida que aprenden. El contacto permanente con la ciudadanía le confiere una perspectiva única a este grupo que se nutre directamente de las enseñanzas del Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr. Precisamente en este 2021 se cumplen los primeros 20 años de la educación popular en la urbe de los puentes, que tuvo su génesis en el fundacional barrio de La Marina, y lo celebran con una jornada de acciones didácticas y otras iniciativas bajo el lema Esperanzar Matanzas.

“Nos dimos cuenta de la importancia de la esperanza, pero no solamente como sustantivo, sino como un verbo”, explica la también licenciada en Psicología. “Es trabajar para esa verdadera transformación con todo lo que lleva, con todo el compromiso, con la denuncia de lo mal hecho allí donde hay debilidades que es necesario corregir a favor del proceso revolucionario cubano. Es difícil, lo sabemos, lo hemos vivido, lo estudiamos, pero es imprescindible una mirada crítica.

“Comenzamos el trabajo en La Marina en el año 1998, en pleno Período Especial. Este barrio constituye un espacio físico, geográfico y social con una fuerte identidad comunitaria, cultural, religiosa y espiritual. Las duras condiciones de vida provocan que muchas personas se sientan marginadas y desatendidas. Con la participación de varias instituciones, del Poder Popular, los CDR, los líderes naturales, las iglesias, hicimos diagnósticos, se crearon proyectos, se rescataron tradiciones como la comparsa La Imaliana, involucramos a los niños, a los artistas. Trabajamos de manera muy interactiva, en los solares, en todos los espacios, para devolverle a la gente ese sentido de orgullo barrial, elevar su autoestima.

“La educación popular se regó por toda la urbe. Hay experiencias muy interesantes en Canímar, con un proyecto focalizado en la riqueza del legado aborigen de la zona. En Peñas Altas tenemos la iniciativa de desarrollo de manualidades Con mis manos sueños y realidades, con una perspectiva de inclusión y de género, que incluye a niñas con discapacidad y mujeres anteriormente sin vínculo laboral. En Playa está el proyecto Los Cometas, de béisbol infantil comunitario sobre la metodología de la educación popular, con excelentes resultados.

“Ahora estamos enfrascados en la capacitación de los trabajadores sociales. Los integrantes de la Red en Matanzas no somos muchos pero hay resultados logrados poco a poco en la sistematización desde los espacios formativos, de las políticas de acompañamiento metodológico, los trabajos de incidencia, y las estrategias de comunicación y articulación”, valora Magalys, quien se desempeña como especialista de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Matanzas (OCCM).

Para Menéndez Peñate la labor en los barrios en un nicho de integración para aportar soluciones a las problemáticas actuales, una mirada que comparte el equipo de la Oficina en función de conducir procesos verdaderamente participativos, como la consulta popular realizada para definir las regulaciones urbanas específicas para el Paseo Cultural Río San Juan, en la calle de Narváez, ubicada en el Centro Histórico.

“Todavía es una asignatura pendiente aprovechar más, desde el gobierno local, la experiencia adquirida en la ciudad con respecto al trabajo comunitario”, alega la psicóloga. “Hay que percibir a la comunidad como un actor social, no como ente pasivo, para responder a sus demandas. Eso tenemos que lograrlo si queremos un socialismo realmente justo, equitativo, que dignifique al ser humano. Hoy es un gran reto ampliar la participación popular.

“En estos momentos históricos de la Patria es preciso poner en la mira el empoderamiento de las personas como agentes de cambio, como sujetos políticos. Tiene que haber un diálogo constante de construcción de soluciones.”

CubaDebate)

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